De cara al último partido de Liverpool en una temporada catalogada como caótica, circularon rumores sobre una supuesta salida de Arne Slot de Anfield. Sin embargo, esas versiones fueron rápidamente desmentidas por periodistas con cercanía al club.
Tras el pobre empate ante Brentford, que igualmente le permitió a los Reds meterse en la próxima Champions League, Slot también dejó la sensación de que contaba con seguir al mando el año siguiente. En sus declaraciones, se mostró esperanzado con el impacto que podría tener una ventana de transferencias capaz de cambiar la cara del equipo.
Con el correr del tiempo, quedó claro que gran parte de la prensa más leal a Liverpool terminó sosteniendo el argumento de siempre: que Slot merecía más margen para revertir la situación. No obstante, la magnitud del malestar de la gente, sumada a las conclusiones de una revisión interna de la campaña, terminó dejando al club sin margen real. Liverpool, por lo tanto, despidió al DT que había ganado el título en su primera temporada al frente.
En los próximos días y semanas, es probable que muchos analistas intenten instalar la idea de que Slot fue tratado con injusticia, o que el tamaño de su logro en 2024-25 no se valoró como correspondía. Pero el punto de fondo no pasa por discutir si el despido era correcto o no, sino por preguntarse por qué Liverpool no actuó antes.
Se entiende por qué Richard Hughes y su entorno sintieron la necesidad de respaldar al entrenador. Aun así, desde noviembre se veía con claridad que Slot no lograba encontrar una manera efectiva de frenar la caída abrupta del equipo hacia la mediocridad.
En medio del peor tramo de resultados de Liverpool en 71 años, el técnico fue enumerando los problemas del plantel una y otra vez, pero sin llegar a plasmar soluciones que se sostuvieran en el tiempo. El equipo seguía concediendo goles en jugadas a balón parado y también era vulnerado una y otra vez en los momentos de transición, sobre todo hacia el final del certamen. No aparecía una mejora perceptible en el rendimiento colectivo.
Además, en los últimos meses de una campaña que terminó siendo desastrosa, se volvió evidente que el vestuario atravesaba un clima complicado. Mohamed Salah no era el único jugador molesto dentro del grupo.
El caso de Curtis Jones fue elocuente: el chico del barrio apenas celebró lo que probablemente sea su último gol con la camiseta de Liverpool, anotado contra Brentford. Y Virgil van Dijk, capitán, quedó con una imagen difícil de olvidar: sentado solo en el césped de Anfield tras el partido, visiblemente desconcertado por la rapidez con la que los Reds se desarmaron desde que ganaron la liga el año anterior.
También hay que reconocer que quizá nunca se sepa con precisión cuánto afectó a los futbolistas la muerte de su compañero Diogo Jota el verano pasado. Fue una pérdida inconmensurable, que Slot manejó con gran respeto y de la que siempre habló con dignidad. Pero, como sostuvo Alexis Mac Allister, el fallecimiento no podía utilizarse como excusa ni como explicación para las dificultades de Liverpool durante la temporada.
La lectura futbolística era contundente: el equipo no parecía preparado para absorber el aumento de exigencia física que propuso la Premier League. Mientras Liverpool dejaba pasar una gran cantidad de puntos y atravesaba una seguidilla aparentemente interminable de lesiones, la sensación general era que el plantel se veía débil tanto mentalmente como en lo físico.
Así, Liverpool se transformó en un rival sencillo, “un equipo fácil para jugar”, tal como lo describió Roy Keane, ex capitán de Manchester United: justamente el tipo de conjunto que todos quieren enfrentar cuando necesitan un triunfo.
Y lo más grave fue que Slot no encontró respuestas concretas para revertir esa tendencia, lo que terminó haciendo inevitable su salida.
Si hubiese continuado, existía una chance real de que Liverpool terminara metiéndose en el terreno de Erik ten Hag, incluso con el riesgo de dejar pasar otro ciclo entero en blanco. Todo esto, claro, después de haber intentado salvar la campaña cambiando al DT en enero, cuando ya era tarde: la decisión fue prescindir de Slot y reemplazarlo por Xabi Alonso cuando aún había una oportunidad de tomar otro rumbo.
Cuando Liverpool cayó ante Bournemouth el 24 de enero, después de cuatro empates consecutivos en Premier League, Alonso ya estaba disponible. De hecho, había sido despedido por Real Madrid apenas 12 días antes.
En aquel momento, para muchos periodistas dependientes del acceso institucional del club, era sencillo descartar los reclamos por el despido de Slot y justificar la contratación de Alonso como un reflejo típico, casi automático, de “E-Reds”, un apodo despectivo para el sector más impaciente de la hinchada en el entorno digital.
También se repetía una y otra vez que Liverpool no suele echar entrenadores, y menos a aquellos que habían salido campeones la temporada previa. Slot, según ese razonamiento, todavía tenía crédito. Y la idea que se intentaba instalar era que la gente debía estar agradecida por haberle dado al club uno de los mejores días de su historia.
Pero las emociones no deberían tapar la evidencia. Desde cualquier punto, en la tribuna o desde el sillón, los hinchas podían ver con claridad que Liverpool estaba perdido porque Slot ya había sido descubierto en su propuesta y no lograba modificarla. Lo correcto habría sido ayudarlo en el mercado de invierno o directamente cesarlo allí mismo. El club no hizo nada, y una temporada que podría haberse encauzado terminó deslizándose hacia este desenlace inevitable, y bastante triste.
Liverpool consiguió el “mínimo” al clasificar a la Champions League. Eso sí, lo logró porque obtuvo una plaza extra para la Premier League a mitad de campaña. Además, quedó en evidencia en el último compromiso de local antes del cierre que Slot había perdido la confianza de la gente.
En el tramo final de la segunda parte de un empate flojo ante Chelsea, un equipo atravesando una crisis, el entrenador fue silbado al sacar a Rio Ngumoha. Slot explicó luego que el juvenil estaba con calambres. Pero el solo hecho de que la hinchada se sintiera con el derecho de cuestionar, y hasta reprender en público, esa sustitución, dejó claro que ya no confiaban en el criterio del entrenador holandés. Para ellos, no era tan descabellado que el cambio pudiera haber dejado afuera al atacante más peligroso, antes que a Cody Gakpo, señalado por su irregularidad.
En ese contexto, cuando Salah terminó minando todavía más la credibilidad de Slot ante la mirada de los hinchas al aprovechar un momento poco elegante pero conveniente para ponerlo en la mira antes del partido contra Brentford, fue claro que los días del DT de 47 años estaban contados. El delantero lamentó que Liverpool hubiera dejado atrás el “heavy metal football” para adoptar un estilo táctico que se comparó con el equivalente de Coldplay.
La pregunta, entonces, es qué viene ahora. Si Liverpool no hubiese pasado más de seis meses negando la realidad, podría haber cambiado por completo el clima en Anfield incorporando a Alonso, un entrenador que además de ser querido por la gente, se perfilaba como uno de los estrategas jóvenes más atractivos del fútbol actual.
El club tuvo margen de sobra para colocar a un DT que sin dudas hubiese podido exprimir lo mejor de sus ex dirigidos en Bayer Leverkusen, Florian Wirtz y Jeremie Frimpong. Sin embargo, inexplicablemente esperó hasta el final del campeonato para tomar la decisión. Por eso, existe un riesgo real de que el club termine pagando caro por la demora.
Aun así, no todo está perdido. A pesar de que Andoni Iraola fue tentado por AC Milan a comienzos de esta semana, sigue disponible, algo que se explica —según el contexto— por el hecho de que el técnico habría tomado nota de la posible vacante en Anfield.
Vincular a Iraola con Liverpool no sorprende, sobre todo porque fue Hughes quien lo llevó a Bournemouth. Allí, el español hizo un trabajo extraordinario que terminó con el club clasificando a Europa por primera vez en su historia: lo consiguió al cerrar la Premier League en el sexto lugar, pese a haber perdido casi toda su línea defensiva el verano pasado.
Obviamente, Iraola no es Alonso. No tiene la misma conexión con Liverpool ni con su hinchada. Sin embargo, sí es un entrenador de primer nivel y probado en la Premier League, reconocido por exprimir los recursos disponibles y, al mismo tiempo, lograr equipos con propuesta ofensiva y fútbol atractivo.
En ese sentido, su llegada sería recibida con los brazos abiertos por una hinchada que, después de cada una de las presentaciones apagadas y desmoralizantes que se vieron bajo Slot, busca volver a disfrutar y recuperar motivos para ilusionarse.
Los simpatizantes quedaron peligrosamente desencantados por la inactividad llamativa y por malas decisiones tanto dentro como fuera de la cancha durante la temporada. Los dueños se equivocaron al tardar tanto en echar a Slot. Ahora, la urgencia es clara: contratar a Iraola lo antes posible para empezar a reparar, al menos en parte, la relación tensada —si no directamente rota— entre quienes sostienen al club con su apoyo y quienes lo conducen desde la gestión.
