En el corazón de Doha existe un mercado llamado Souq Waqif. Durante el Mundial 2022, caminar por allí era casi como vivir un sueño raro: un rincón con identidad propia que, para muchos, terminó funcionando como símbolo del primer certamen organizado en un país del mundo árabe.

El lugar tenía de todo. Había recuerdos del Mundial, artesanías y baratijas locales, comida, paseos en camello, música y baile. En las plazas, turistas de distintos puntos del planeta pateaban pelotas como si estuvieran en casa. Además, los hinchas podían conseguir una ghutra —el cubrecabezas tradicional— para representar a su equipo, mientras una gran mano dorada hacía las veces de punto de encuentro para quienes intentaban orientarse en el laberinto de callecitas.

Con el Mundial avanzando, sobre todo durante el día, el Souq Waqif se llenaba de colores de cada selección: camisetas, banderas y símbolos desperdigados por pasillos y espacios abiertos. Los marroquíes coparon el entorno a medida que su equipo escribía una campaña histórica. Los japoneses mostraban carteles con todo lo que habían dejado atrás para viajar. Y los canadienses disfrutaban su primer Mundial en décadas, empapándose del calor qatarí.

Pero por la noche el paisaje cambiaba. Los tonos se volvían más monocromáticos y el tránsito por calles y callejones se cerraba con frecuencia, porque el mercado se convertía en una marea que giraba entre el azul y el blanco. Y en esas veladas aparecía, como un eco que se escuchaba a kilómetros, una sola palabra: “Muchachos”.

Ese canto, que a veces se asocia con “The Land of Diego and Lionel”, recorrió Qatar como una ola. En el invierno de ese Mundial, los hinchas argentinos llegaron en masa con la ilusión de que fuera un punto de quiebre para la historia de su país. Y, durante todo el recorrido, cantaron. Cantaron por Diego Maradona, fallecido dos años antes. Cantaron con guiños hacia Brasil, con ironías para sus rivales tras el reciente título de la Copa América. Pero, por encima de todo, el centro era Lionel Messi.

En Souq Waqif, miles se reunían para el Banderazo: una demostración enorme de apoyo a la selección. Esas noches eran encuentros para sostener a Messi, que —tal vez por primera vez— tenía a todo su país detrás como nunca. Y, claro, después vino lo que todos conocen.

El Banderazo terminó mutando en una celebración con forma de trofeo. Argentina ganó el Mundial y Messi se volvió todavía más icónico, en un proceso que parecía imposible pero aun así ocurrió. Fueron semanas en Qatar en las que el crack consolidó su estatus casi mítico: más gigante que humano. Se transformó en la personificación de lo que esa gente cantaba en mercados, estadios y restaurantes, repetido una y otra vez como si fuera un juramento.

“Chicos, ahora estamos ilusionados otra vez”, dice la traducción de la letra. “Quiero ganar la tercera, quiero ser campeón del mundo. Y Diego, en el cielo, lo vemos, con Don Diego y La Tota alentando a Lionel”.

Con el impulso de la gente, Messi y sus compañeros alcanzaron un tercer Mundial. Argentina volvió a tener un motivo para ilusionarse, y lo hizo con una de las campañas más movidas que se recuerdan, que terminó en lo que muchos consideran el partido más grande de la historia del fútbol.

Ese invierno, Qatar se tiñó de azul y blanco mientras Messi y su grupo de seguidores cambiaban el deporte para siempre.

El camino en el Mundial: de la tragedia al sueño

  1. Esta historia no habla de perfección. De hecho, el Mundial 2022 de Argentina empezó de la peor manera posible, con una sensación que duró poco: la gira por Qatar parecía destinada a ser extremadamente corta.
  2. Argentina, encuadrada en el Grupo C, saltó al campo el tercer día del certamen. Primero enfrentó a Arabia Saudita, un partido que en el papel era más “manejable” y que, en teoría, permitía acomodarse antes de desafíos más exigentes.
  3. Para entender el contexto de ese encuentro hay que mirar la dinámica de las tribunas. Argentina llegó a Qatar con un acompañamiento enorme que, en casi todos los partidos, superaba a la afición rival. Sin embargo, esa tarde en el Estadio Lusail no fue así: Arabia Saudita también se hizo sentir con una presencia masiva, como ocurrió con otros países de la región dentro del torneo.
  4. El comienzo favoreció a Argentina. Eran grandes favoritos por una racha de 36 partidos sin perder. Messi marcó un penal a los 10 minutos y el torneo arrancó con el pie izquierdo: el típico sello del mediocampista/estrella, desde su zurda de confianza. Con el recuerdo de 2014 y 2018 fresco, parecía una señal temprana de que esta vez podía ser distinto. Pero no fue ese día.
  5. Salem Al-Shehri anotó tres minutos después del reinicio y descolocó a los argentinos. Cinco minutos más tarde, el balón volvió a entrar: esta vez por medio de Salem Al-Dawsari. El resultado final fue 2-1 y la sensación no fue solo de desilusión: fue incredulidad.

Tras el golpe, el entrenador Lionel Scaloni habló después del que se consideró uno de los mayores cimbronazos de la historia de los Mundiales: planteó que no había tiempo para análisis, que la jornada era triste pero había que levantar la cabeza y seguir. Remarcó que antes del partido les habían puesto como favoritos, aunque en un Mundial esas cosas pueden pasar.

También Messi entendió que era una situación de vida o muerte para los pesos pesados del torneo. Como capitán, dejó claro que era un momento para estar más unidos que nunca: no esperaban esto, pero la responsabilidad era del grupo.

El Grupo C: la obligación de reaccionar

  1. La historia del Mundial marcaba un patrón. Los ganadores de zona suelen rondar los siete puntos, mientras que los segundos promedian cerca de cinco. Con apenas seis unidades todavía en disputa, Argentina necesitaba vencer a México y a Polonia, vistos como los rivales más complicados del grupo.
  2. Con esa presión encima, el margen de error prácticamente desapareció desde el inicio del certamen.
  3. Ya en la segunda parte, el clima en Lusail se tensó. El partido ante México no era solo una rivalidad histórica: con el paso de los minutos, quedó claro que el foco era sobrevivir.
  4. A mitad del complemento, ambos equipos estaban igualados 0-0. Tras el triunfo de Polonia sobre Arabia Saudita, todos conocían el peso de cada decisión: el empate complicaba, la victoria abría una puerta. Entonces, ¿quién iba a responder? La respuesta llegó.
  5. A los 64 minutos, Messi apareció. Y lo hizo de manera repentina: parecía una jugada sin peligro hasta que el balón terminó en sus pies. De ahí, en un abrir y cerrar de ojos, llegó el gol y Argentina salió a celebrarlo como un punto de giro.
  6. Con pocos minutos por jugar, apareció una de las figuras más jóvenes del torneo para cerrar el resultado: Enzo Fernández convirtió para sentenciar. Así, Argentina se quedó con el 2-0 y volvió a encaminarse.

Messi resumió la sensación: dijo que era un alivio enorme, que el equipo recuperaba tranquilidad y que el control volvía a estar en sus manos.

En la última fecha del grupo, ante Polonia, el resto del plantel dio un paso adelante. Alexis Mac Allister y Julián Álvarez anotaron en el segundo tiempo y Argentina logró, con lo justo y lo necesario, quedar como ganador de zona. Además de sobrevivir a un susto, el equipo se fue endureciendo para lo que venía.

La ruta de eliminación directa: caos, batalla y revancha

Hay partidos del Mundial que superan en nivel a este cruce de Argentina con Países Bajos, pero pocos tuvieron tanta intensidad y tantos giros.

Luego de dejar en el camino a Australia en octavos, Argentina se cruzó con un gigante europeo. Lo que siguió fueron 120 minutos de pura locura: goles tardíos, peleas en el banco, provocaciones personalizadas y una tanda de penales con altibajos. Por todo eso, el duelo terminó bautizado de manera muy apropiada como “La Batalla de Lusail”.

En medio de la fricción, también hubo fútbol. Nahuel Molina marcó poco antes del descanso para Argentina, a partir de una asistencia descomunal de Messi. Ya después, en el minuto 73, el 2-0 llegó desde el punto penal cuando Messi convirtió.

Sin embargo, Países Bajos reaccionó. Wout Weghorst, con su presencia y potencia, mostró también recursos para anotar dos goles sobre el final. Uno de ellos llegó en el minuto 11 de tiempo agregado. El alargue no definió nada y el pase se resolvió en penales, donde Argentina terminó imponiéndose.

La tensión no se apagó con el pitido final. En el cierre, Messi le soltó a Weghorst una frase que se volvió célebre: “¿Qué miras, bobo?”, antes de apuntar también contra el entrenador de Países Bajos, Louis van Gaal. El técnico holandés había criticado antes a Messi y a Argentina, con el argumento más fuerte de que Messi no era un jugador de equipo. Esa vez, el desenlace le dio la razón a la cancha: Messi y el plantel argentino se llevaron el último golpe, y el argentino —normalmente reservado— respondió de manera poco habitual.

“Me sentí irrespetado por Van Gaal después de sus declaraciones antes del partido y porque algunos futbolistas neerlandeses hablaron demasiado durante el juego”, explicó Messi. Emiliano Martínez añadió que escuchó a Van Gaal decir: que tenía ventaja en los penales y que, si se iba a la definición, ellos iban a ganar. Y concluyó con una idea clara: que el entrenador debería quedarse callado.

Incluso meses después, el malestar siguió vivo. Van Gaal, que terminó renunciando después del partido, acusó a la FIFA de haber arreglado el encuentro para que los argentinos avanzaran. Para Argentina, en ese momento, lo único importante era que el pase estaba adentro.

Con un Messi que encendía el camino, llegó el 3-0 en semifinales ante Croacia. Ese resultado dejó a Argentina a un paso de la definición: Messi contra Mbappé, Argentina contra Francia. Era el partido más grande para los nombres más grandes sobre el escenario más grande.

La final: un guion que no se pareció a nada

Las finales del Mundial rara vez cumplen lo que prometen. Con frecuencia son partidos tibios y cautelosos, con dos equipos con miedo a perder. No fue lo que ofrecieron Argentina y Francia. En cambio, entregaron el clásico que terminó siendo la final más extraordinaria que se haya jugado.

Hubo penal temprano de Messi y luego una contra brillante finalizada por Ángel Di María. También apareció el costado más decisivo de Kylian Mbappé: respondió con dos goles cuando el reloj se iba quedando sin aire. Más tarde, Messi pareció firmar el triunfo en el alargue, pero Mbappé contestó con dos minutos para el final y completó apenas el segundo hat-trick en una final de Copa del Mundo.

La historia, aun así, no cerró ahí. La escena final que muchos no olvidan fue la salvada heroica de Emiliano Martínez sobre el cierre, frente a Randal Kolo Muani, una intervención que se suele describir como de las mejores de la historia del deporte. Fue una pelea entre pasado y futuro, pero sobre todo entre presente y deseo: el partido para controlar el momento.

Al final, no se definió por Messi ni por Mbappé en los instantes decisivos de la definición completa: ambos convirtieron sus penales para dar inicio a la tanda. Entonces apareció el factor que suele decidir las grandes noches: el resto del equipo.

Del lado argentino, el plantel respondió como si lo hubiera empujado la necesidad de hacerlo por su líder. Del otro, Francia se desordenó: falló dos penales consecutivos, lo que le allanó el camino a Argentina.

Los albicelestes avanzaron con determinación hasta el desenlace. Montiel fue quien quedó ubicado como el hombre con la definición más inesperada para cerrar el tercer Mundial. Antes de ese remate, se lo pudo ver a Messi susurrando para sí: “Puede ser hoy, abu”. En las tribunas, muchos miraban hacia el cielo.

Había quienes reclamaban a Maradona y quienes, en silencio, recordaban familiares y amigos que se fueron. Para muchísimos, una vida entera de recuerdos se resumía en un instante y en un golpe. Ese penal de Montiel fue perfecto: la pelota rodó directo a la red. Cuando el balón impactó, Messi se desplomó de rodillas.

Las oraciones se habían cumplido, no solo para Messi, sino para millones alrededor del mundo.

Legado del Mundial y el contexto más allá de la cancha

El Mundial 2022 quedará en la memoria por muchas cosas. La herencia del torneo, sin embargo, es compleja. Sí, como la mayoría de los Mundiales, dejó un momento de unidad. También fue un hecho sin precedentes para el mundo árabe: la región abrió la puerta al fútbol y lo abrazó en un evento masivo. Además, muchos hinchas no olvidarán el recorrido histórico de Marruecos y el rugido de la gente en las tribunas.

Pero no fue un Mundial sin polémicas. Para muchos, los debates sobre derechos humanos opacaron, al menos en parte, lo que fue —sobre el césped— un torneo fantástico. El proceso de candidatura estuvo atravesado por acusaciones de sobornos. Y el elevado número de muertes de trabajadores migrantes durante la construcción de los estadios hizo que numerosos sectores protestaran contra la decisión de la FIFA de organizar el certamen en Qatar. El torneo, además, se movió más tarde en el año por las temperaturas.

En lo deportivo, hubo historias que encontraron su lugar en el balance. Se convirtieron más goles (172) que en cualquier edición previa del Mundial. De acuerdo con datos de la organización, asistieron 3,4 millones de personas a los partidos. Y el ciclo de cuatro años hacia Qatar 2022 fue el más rentable de la historia, con ingresos por 7.500 millones de dólares (5.500 millones de libras). Luego, Infantino calificó al torneo como “el mejor de todos”, destacando la “potencia única y cohesionada” que mostró el Mundial.

Desde una mirada puramente futbolera, sin embargo, hay un momento que termina siendo definitorio. Llegó apenas después del partido, cuando uno de los grandes de todos los tiempos por fin entendió que se cumplía su sueño. Messi había alcanzado prácticamente todo lo que el fútbol permite. Como si hubiera completado el juego.

Pero en el instante en que tomó la copa entre las manos, lo demás pareció desaparecer. Fue allí cuando la leyenda quedó cerrada del todo. Fue en ese segundo cuando Messi hizo lo que siempre se propuso: enorgullecer a su país.

No celebró solo Argentina. Messi, desde hace tiempo, figura como un referente que trascendió el deporte mismo. Con sus actuaciones en Qatar, se volvió algo todavía más grande, casi inverosímil.

Al levantar el trofeo, con fuegos artificiales detrás, pasó a ser más héroe popular que simple jugador. Más símbolo que atleta. Fue innegable. “Soñé con esto tantas veces”, dijo. “No puedo creerlo”.

La fiesta siguió mientras Argentina recorría el campo con la emoción intacta. Sergio Agüero —uno de los mejores amigos y compañeros más cercanos de Messi— fue parte del festejo pese a haberse quedado afuera del torneo: un problema cardíaco había puesto fin a su carrera, pero no podía arrebatarle esa alegría.

Así fue Agüero quien subió a Messi a los hombros y lo presentó ante la gente argentina. Messi se sentó con la Copa del Mundo en la mano, sonriendo de oreja a oreja. En ese momento, por encima de todo, volvió a sonar el canto: “Muchachos”, que los hinchas repitieron una y otra vez.

“Chicos, ahora estamos emocionados otra vez. Quiero ganar la tercera, quiero ser campeón del mundo. Y Diego, en el cielo, lo vemos con Don Diego y La Tota alentando a Lionel”, volvió a estallar con todo el estadio.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.