El traspié ante Bournemouth, apodado “Las Cerezas”, no tuvo nada de botín rápido ni de partido resuelto a la carrera por Andoni Iraola. Y tampoco Arsenal viene mostrando, en estas últimas semanas, una versión consistente de campeón. De hecho, el mes pasado parecía posible un cuádruple que iba más allá de la ilusión: por los resultados y por los emparejamientos favorables que les tocaron en la FA Cup y en la Champions League, todo indicaba que la chance era más real que nunca, al menos hasta el desenlace de la final de la Copa de la Liga inglesa.
Sin embargo, el presente se parece poco a ese escenario. La temporada de Arsenal está en caída libre, aun con una ventaja de seis puntos en la cima de la Premier League. Cuando ese margen todavía era de nueve, la gente del Emirates Stadium ya los recibió con silbidos y abucheos, como si la incertidumbre se hubiera colado demasiado pronto. En ese contexto, el centro de las miradas apunta directo a Mikel Arteta, responsable de sostener el plan cuando todo parecía encarrilado.
De cara al encuentro frente a Bournemouth, fue el primer partido de Arsenal desde el triunfo en un partido agónico contra Everton, celebrado el 14 de marzo. Arteta habló con sus hinchas antes del juego, consciente de que el horario del sábado por la mañana temprano —un arranque de 12:30, con el día comenzado de madrugada— suele ser una trampa para los equipos que llegan con presión. En conferencia de prensa, lanzó un mensaje orientado a acompañar desde el ritmo cotidiano: “A medida que nos acercamos al final de la temporada, más crece la relevancia del partido, obviamente”, remarcó.
Y agregó, con tono de arenga: “Mañana es un día grande para nosotros. Los jugadores lo saben, nuestros seguidores también. Es un horario de 12:30. Es temprano. Así que levántense temprano, desayunen temprano, traigan su almuerzo, traigan su cena, como se dice en Inglaterra… y vayamos todos juntos, porque tiene que ser un día grande”.
El problema es que, por cómo se dieron las cosas, Arteta parecía dirigir esa exhortación más hacia el público que hacia el vestuario. Incluso si, parafraseando a Wayne Rooney, nadie disfruta de comer pasta a las nueve de la mañana, lo cierto es que Arsenal terminó quedando por debajo en casi todas las facetas. La producción ofensiva lo reflejó: apenas 0.18 goles esperados provenientes del juego abierto. En otras palabras, el equipo volvió a caer en la trampa de depender demasiado de las jugadas preparadas, y la fórmula ya les pasó factura.
Antes de enfrentar a Bournemouth, Arsenal realizó una de sus últimas prácticas en la base de London Colney con una escena poco habitual: frente a una pantalla gigante se proyectó un video de TikTok con una canción generada con inteligencia artificial, además de una lista con los nombres de los futbolistas. La grabación se compartió luego en redes sociales, reforzando una estética que, para muchos, no termina de encajar con la identidad que debería tener un equipo que aspira a competir de memoria en cada tramo del año.
Ese tipo de gestos alimenta una lectura crítica: hay sectores que sostienen que este Arsenal no termina de caer bien ni en su plantel ni en la grada, y que la gestión se apoya más en lo performático y teatral que en lo que exige el rendimiento de un conjunto que quiere sostenerse como protagonista. En esa línea, la arenga de “traigan su cena” guarda un aire parecido con lo que Arteta había dicho a los hinchas antes de la semifinal de Champions League de la temporada pasada ante Paris Saint-Germain. Entonces, antes del partido de ida, les pidió que se “jugara cada pelota” como equipo: “Quiero decirle a nuestra gente que contra PSG tienen que jugar cada balón con nosotros. Traigan sus botines, sus protectores, sus pantalones cortos, sus camisetas”.
Después, previo al inicio, el entrenador insistió con la misma idea desde un video motivacional que se proyectó en el Emirates Stadium: “Es nuestro momento. Es el momento de hacerlo realidad. Necesito a la gente. Necesito a la persona que está al lado tuyo. Necesito esa conexión. Quiero que jueguen cada pelota con nosotros: cada pase, cada entrada, cada carrera, cada decisión. Tienen que vivir la energía del estadio y la gente a su lado. Cuento con ustedes. Hagámoslo realidad”.
La respuesta, en este caso, no llegó. Hasta el tifo del cañón característico, que se despliega en la North Bank, quedó corto y en el mejor de los casos resultó flojo, mientras que para otros fue directamente una decepción. Y aunque Ousmane Dembélé convirtió a los cuatro minutos, el ambiente no se terminó de encender: el local no encontró la forma de sostener el empuje necesario para que la hinchada volviera a creer y, desde allí, el partido dejó más dudas que argumentos.
Cuando Arteta llegó a Arsenal, el público general lo veía con cierta neutralidad. Se lo recordaba, sobre todo, como el mediocampista de perfil metronómico que había representado al club en su etapa como jugador, y como una figura con más peso en el tramo final de la cancha durante su paso por Everton. Incluso en sus primeros dos años como entrenador, su imagen pública no se movió demasiado: era frecuente que lo describieran como alguien “inofensivo”, en un contexto donde el club parecía necesitar un reinicio y donde, pese a dos octavos puestos consecutivos en la Premier League, no se hablaba demasiado de su salida.
El clima empezó a cambiar con una serie documental sobre la campaña 2021-22, producida por Arsenal y Amazon Prime. Ahí se vieron varias iniciativas para motivar y también para presentarse como un conductor de vestuario, aunque con un efecto divisivo: a algunos les encantaba esa energía; a otros, en cambio, les chocaban sus maneras, comparadas incluso con el estilo de David Brent. Con el correr del tiempo, y mirando en retrospectiva, también se instaló el contraste con Pep Guardiola y Manchester City: se remarca que, aunque haya cosas que pasan puertas adentro, rara vez exponen al mundo este tipo de “espectáculos” como parte del relato.
Arteta tiene, de todas formas, huellas claras en la manera en que intenta unificar a Arsenal, algo que no se veía desde los tiempos de Highbury, y eso habla bien de su relación con el club. Pero el riesgo es que esa misma forma de construir identidad termine dándole vuelta el guion en su propia contra. La incorporación de “The Angel” como nuevo himno, por ejemplo, provoca rechazo incluso en neutrales; la intención, dicen, era mejorar el clima del estadio. Del mismo modo, se le pidió al locutor que repita el nombre del autor del gol, como se hace en las competiciones europeas. Son mejoras marginales, pero que en conjunto se sienten como parte de un mecanismo más grande.
Cuando Arsenal emergió como candidato al título en 2022-23 y 2023-24, lo futbolístico que mostraba era atractivo y parecía alineado con el nombre del club. Pero faltó el cierre: primero, por no tener la experiencia suficiente para administrar partidos cuando tocaba “terminarlos”; luego, por arrancar demasiado lento cada temporada. La campaña anterior dejó en evidencia la falta de recambio en el plantel, una situación que se corrigió durante el verano de 2025. Ahora Arsenal cuenta con un plantel grande, pero los hinchas, que pagan entre los precios más altos de Europa, tuvieron que tolerar el peor fútbol del torneo con la esperanza de que, al final, aparezca el trofeo que justifique el sufrimiento.
Se habló incluso de que la gente de Arsenal es “agrandada” por abuchear después de perder con Bournemouth, aunque la lógica de esa reacción es bastante simple. Si armás un equipo pragmático y feo, pensado para ganar a toda costa, entonces tenés que ganar de verdad. Y los mismos seguidores, generación tras generación, vuelven a ver cómo el equipo se cae otra vez: esta vez, además, sin siquiera ese elemento de estilo o de identidad futbolística que al menos amortigua la frustración. Es la hinchada la que tiene que volver al trabajo, seguir el día a día, o encontrarse con comentarios en el bar, mientras los futbolistas y el entrenador —con salarios altísimos— parecen mirar la realidad desde una pantalla de celular, sin sentir el golpe como lo sienten quienes pagan y padecen.
Ese clima, en gran parte, también se refleja en el estadio. La ansiedad y los murmullos constantes se volvieron parte del ADN del Emirates más que cualquier canción previa o ritual del locutor. Ese sería el último gran problema que Arteta debería resolver, y el camino para hacerlo parece claro: solo ganar la Premier League o la Champions League podría terminar de silenciar las dudas.
Aun así, en medio de tanta negatividad, la campaña de Arsenal no está muerta. Después del partido ante Bournemouth, el propio Arteta dejó una idea que describe el momento: en el club habrían aceptado de entrada estar donde están antes del inicio del torneo. Porque, a pesar del bache, hay objetivos que todavía siguen abiertos.
El miércoles por la noche, en la vuelta de los cuartos de final de la Champions League ante Sporting, llega una instancia enorme. Arsenal solo alcanzó el último cuatro de la Copa de Europa en dos oportunidades en toda su historia, pero ahora está a un paso de repetirlo en dos temporadas consecutivas. Un cruce de semifinal con Atlético de Madrid, que además le endosó un 4-0 a Arsenal a comienzos de esta campaña, aparece como el desenlace más probable.
Y, paradoja mediante, Arsenal debería tratar ese partido como uno más: sin maquillaje, sin fuegos artificiales, sin pedirle a la grada que empuje el resultado por sí sola. La obligación es hacer el trabajo en el campo y no rogar por el impulso; la tarea del equipo es encender a su gente, no al revés.
