Después de todo, Liverpool no cayó con tanta contundencia como cuatro días antes, cuando visitó el Etihad y fue superado con claridad por Manchester City. De hecho, que la serie siga abierta —al menos en teoría— de cara al partido de vuelta en Anfield la próxima semana es, en sí mismo, un mérito para el equipo de Arne Slot, que atraviesa un tramo complicado. En el duelo de ida, los Reds no registraron ni un remate al arco y se quedaron con apenas un 24% de posesión, números que grafican una noche difícil desde el inicio.
También se mencionó que, la temporada pasada, PSG había dominado a Liverpool en el encuentro de local por los octavos de final de la Champions League entre ambos. Sin embargo, el contexto es determinante: el momento futbolístico de los de Anfield y, sobre todo, la forma en que encararon aquel viaje a París no podían ser más distintas.
Lo que ocurrió en la capital francesa terminó siendo especialmente relevante. Cuatro días después de que los futbolistas de Liverpool se entregaran en el segundo tiempo de una goleada 4-0 frente a Manchester City, el entrenador dio un paso más que simbólico: mostró una renuncia a su idea de juego, con un planteo que funciona como una señal de que su etapa se estaría acercando al final.
En los últimos meses, Slot recurrió en varias ocasiones al antecedente de los octavos de final de la Champions contra PSG —la vuelta disputada en Inglaterra— como el ejemplo máximo de cómo, según él, debería jugarse. Aquella noche, Liverpool perdió 1-0 en el partido de vuelta de marzo pasado y luego quedó eliminado en la definición por penales. Aun así, el propio Slot calificó el cruce como “el mejor partido” en el que le tocó participar, porque, más allá del resultado, el equipo respondió en un encuentro vibrante ante dos planteles de primer nivel.
El problema es que Slot volvió a traer a PSG a la conversación cada vez que su equipo se topó con los temidos bloques bajos, con los que Liverpool viene sufriendo de forma marcada durante esta temporada. En enero, tras el 2-2 con Fulham, dejó claro cuál era su ideal: “Mi fútbol es PSG vs Liverpool, Liverpool vs PSG. Así me gustaría que fuera cada partido. Pero necesitás a dos equipos para que exista un juego abierto, y no todo lo que no hace lindo el fútbol ayuda”.
Para Slot, dos factores fueron claves para que el espectáculo de la Premier League se le volviera más espeso: las jugadas a balón parado y el tiempo perdido alrededor de esas acciones. Como defensor de un fútbol “puro”, el peso creciente de córners, tiros libres y saques largos terminó chocando con todo lo que él prioriza.
“A mi corazón no le gusta eso”, reconoció. Y agregó un guiño a su forma de entender el juego: si hablás de fútbol, le vienen a la cabeza equipos como el Barcelona de hace 10 o 15 años, esos que te hacían esperar el partido cada domingo a la noche. También sostuvo que, mirando otras ligas, no percibe tanta insistencia en las acciones de estrategia como en Inglaterra.
En ese marco, fue todavía más llamativo ver a Liverpool demorando el juego apenas empezado el partido en París. En los primeros diez minutos del encuentro del miércoles, Joe Gomez fue comiendo segundos antes de lanzar un saque largo hacia el área de PSG, una maniobra que se explicó por la necesidad de frenar el ritmo y acomodarse en una noche que ya se presentaba hostil.
Luis Enrique se mostró molesto con esas prácticas negativas y reclamó reiteradamente al cuarto árbitro que se pusiera un freno a ese tipo de comportamiento. Pero cuando le preguntaron por el enfoque de Liverpool, el entrenador español fue contundente: remarcó que cada equipo al que se enfrenta PSG suele estar dispuesto a hacer lo que sea para frustrar al campeón europeo.
En ese sentido, Liverpool tampoco era una excepción: el plan de neutralizar una de las líneas ofensivas más peligrosas y cambiantes del fútbol mundial era lógico. Lo que no se aceptó fue la forma, el tono y el nivel de ambición con el que se intentó llevar adelante esa consigna.
Los Reds llegaban a París como campeones vigentes de Inglaterra, pero jugaron con una aspiración más propia de un equipo que intenta no sufrir una goleada de doble dígito que de un candidato a dar pelea. Las circunstancias hacían ese enfoque todavía más impactante. Liverpool, de hecho, había sido el equipo que más cerca estuvo de PSG el año anterior, y después de una inversión histórica de 450 millones de libras en el último verano, la expectativa era que, cuando ambos se volvieran a ver, Slot y su plantel tuvieran velocidad, intensidad y variantes suficientes para responder a Khvicha Kvaratskhelia y compañía.
Incluso se suponía que Jeremie Frimpong y Milos Kerkez eran la respuesta para los laterales dinámicos de PSG, Achraf Hakimi y Nuno Mendes, quienes tuvieron un rol decisivo en el primer gran éxito europeo del club parisino. Sin embargo, esta temporada el margen entre ambos se agrandó: en menos de un año, Slot y el equipo de reclutamiento habrían terminado debilitando las bases sólidas que había dejado Jurgen Klopp. Así, Liverpool no viajó al Parc des Princes con la intención de ganar, sino con la idea de resistir la presión.
En una nueva muestra de declaraciones llamativas, Slot sostuvo luego de la eliminación en la FA Cup frente a Manchester City el sábado en el Etihad que los primeros 35 minutos del 4-0, cuando Liverpool supo sostenerse y generó dos chances claras, le habían convencido de que su equipo seguía con capacidad para “jugar de igual a igual” contra la élite del continente. Pero el once y la estrategia elegidos para el miércoles contaron otra historia: Slot movió a Mohamed Salah del equipo titular y, por primera vez en su etapa, armó una línea de cinco defensores.
Con ese detalle, quedó clarísimo que Liverpool ni siquiera iba a intentar poner el partido sobre rieles ofensivos. La idea —por llamarla de algún modo— fue aguantar el golpe desde el arranque, soportar la mayor cantidad posible de daño y, a la vez, evitar un desenlace definitivo que dejara la eliminatoria sentenciada.
Que el plan haya alcanzado su objetivo mínimo tuvo poco que ver con el cambio táctico en sí. El propio Slot admitió que Liverpool pasó gran parte del encuentro en “modo supervivencia” y que la diferencia no fue peor gracias a que PSG no tuvo mayor contundencia, porque de haberlo sido, la goleada hubiera sido más dura.
Si bien Frimpong y Kerkez suelen encajar mejor como carrileros de banda o wing-backs, el equipo nunca se mostró seguro con una formación que no habían utilizado antes. Y en ese punto, Jamie Carragher marcó la contradicción: la modificación de Slot resultó contraproducente desde lo defensivo. Según el ex zaguero, la decisión terminó abriendo más espacios que cerrarlos.
“Cuando mirás cómo armó el manager, intentó algo, pero lo hizo masivamente mal en lo táctico”, expresó. Explicó que con la línea de cinco el equipo quedó más expuesto, porque al jugar mano a mano, los tres centrales debían cubrir todo lo ancho del campo. “Y mirando a Virgil van Dijk en el centro de esa defensa de tres… Normalmente, con cierta edad, pensás: ‘esto es perfecto para mí, voy a estar mejor protegido’. Pero era distinto. Los defensores se metían en el medio, no había a quién marcar y Van Dijk, con 34 años, terminaba corriendo constantemente de un lado al otro, cruzando la línea. Y no podía hacerlo”.
Además, Carragher defendió a Van Dijk frente a las críticas de la temporada. Sostuvo que no era tan sencillo porque el zaguero juega todos los partidos y el compañero que tiene al lado —Ibrahima Konate— habría cometido errores en cada encuentro, lo que vuelve difícil sostener una sociedad defensiva. “Por eso, creo que Van Dijk sigue siendo de los mejores de Liverpool esta temporada”.
Pero en el miércoles, con esa estructura de tres, remarcó que nunca lo había visto tan incómodo con la camiseta de Liverpool. Y fue más allá: consideró que el futbolista seguramente le pedirá a Slot no volver a repetir ese sistema.
Las dificultades de Liverpool con la nueva disposición, entonces, no sorprendieron: eran una consecuencia bastante esperable de la desesperación. Hay un antecedente que se repite. Slot, antes de este tramo, rechazó en varias ocasiones la idea de modificar cosas, señalando que “el sistema actual es el que mejor se ajusta a los jugadores”. También agregó que un cambio con cinco defensores podría generar problemas porque ese modo de juego lo entrenan hace mucho tiempo, y que no habría tiempo suficiente para cambiar completamente la idea cuando se juega cada dos días.
De todos modos, Slot creyó que abandonar su identidad de manera total para el partido más importante de la temporada era una decisión inteligente. En la práctica, se leyó como una torpeza marcada, una actitud de pánico y una especie de “asalto desesperado” desde un entrenador que, a criterio de muchos, no logra frenar la caída de Liverpool hacia la mediocridad.
La ilusión del hincha es que el equipo pueda repetir el nivel y el carácter que mostró en la segunda parte de la eliminatoria ante PSG el año pasado, cuando la serie se volvió más pareja y el equipo se animó a competir. Ese es el deseo de cara al desquite en Anfield el próximo martes, pero, más que un argumento, es una esperanza. No hay señales claras de que este plantel esté en condiciones reales de dar vuelta el resultado.
El partido del miércoles dejó en evidencia cuánto retrocedió Liverpool en el último año. Slot no es el único responsable de la caída, pero la verdad incómoda es que el tiempo parece estar corriendo en contra: cada presentación suma para que su salida sea cuestión de tiempo.
Lo visto en París no fue solo una rendición táctica del entrenador. También se interpretó como una traición a su filosofía futbolística, una admisión de que el equipo está lejos del nivel de PSG. Y resulta todavía más difícil de justificar por la inversión realizada el último verano, cuando el plantel se armó con la idea de sostenerse como candidato al título.
