Durante años, en el Bayern Múnich convivieron dos miradas sobre Serge Gnabry: por un lado, su capacidad para decidir partidos grandes; por el otro, su irregularidad, que lo hacía parecer intermitente. En la campaña que terminó con el título en 2020, el delantero mostró el techo que podía ofrecer. Pero con el correr de las temporadas, casi siempre quedó por debajo de ese nivel que él mismo había marcado como referencia. A partir de 2023, además, empezó a repetirse con fuerza la idea de que su ciclo en Alemania podía estar cerca del final, en un contexto donde el club no tolera demasiado tiempo a quien no sostiene el rendimiento.

La historia de Gnabry tiene ese contraste permanente. Sus recursos—velocidad, capacidad de desborde y finalización—lo convirtieron en un futbolista capaz de romper encuentros en momentos clave. Sin embargo, las lesiones y las variaciones de forma lo alejaron durante lapsos largos. Los entrenadores destacaban su entrega y su trabajo, pero pedían más “producto” final; mientras tanto, la gente disfrutaba su explosividad, aunque con el tiempo se fue frustrando por el ritmo de ida y vuelta que mostraba su evolución. En un Bayern obsesionado con ganar, esa incertidumbre empezó a pesar: la dirigencia, con su estilo directo, comenzó a medir el costo de conservar a un jugador cuyo pico goleador aparecía intermitentemente, compensado por etapas extensas de mediocridad.

Hacia 2023, con las charlas de contrato trabadas y alternativas jóvenes asomando, todo indicaba que la despedida podía estar escrita. Pero incluso en ese escenario, el debate no fue solo futbolístico: también entró de lleno el aspecto económico del fútbol actual. Las exigencias salariales de Gnabry, acordes a lo que había demostrado, chocaban con la necesidad del Bayern de ordenar las cuentas. Y la pandemia, en medio de ese reacomodo general, terminó por endurecer la realidad financiera. En ese clima, los rumores de transferencia fueron tomando forma, aunque todavía quedaba por definir el momento y el precio exactos de una posible separación.

La crítica más repetida fue siempre la misma: falta de regularidad. Luego de un puñado de semanas que aparecían prometedoras, el reloj volvía a empezar a correr cuando llegaba una sequía o una lesión. Además, cuando el equipo parecía atravesar una racha positiva, existía el riesgo de que el rendimiento se cayera de golpe. A eso se sumaba un factor corporal que lo condicionó de forma reiterada: en sus casi ocho años en Múnich, alternó períodos buenos con otros marcados por contratiempos físicos. Por eso, el último verano volvió a traer versiones sobre su salida.

Pero Gnabry, desde su lugar, sostuvo otra postura: su contrato tenía validez hasta el cierre de la temporada y él insistió con quedarse. Lo que en su momento sonó a ingenuidad o a exceso de confianza para muchos, terminó jugando a favor. Para sorpresa de propios y extraños, la historia dio un giro completo: hoy, Gnabry es de los grandes ganadores de esta temporada.

La explicación del salto en el presente del Bayern tiene varios elementos. Serge Gnabry se convirtió en el principal beneficiado de la estrategia de fichajes—audaz para algunos, riesgosa para otros—que el club ejecutó durante el verano. En la primera parte del ciclo, el extremo terminó recibiendo un lugar desde el arranque. Las salidas de Leroy Sané, Kingsley Coman y Thomas Müller dejaron al plantel con menos recursos en amplitud, y a eso se le sumó una baja importante: Jamal Musiala sufrió una lesión seria durante el Mundial de Clubes. Así, el equipo llegó con menos “ancho” probado del que normalmente tiene, y por eso apareció como única incorporación en esa línea Luis Díaz, pensado para aportar chispa creativa. Del lado de la competencia interna, Lennart Karl fue promovido como alternativa por la derecha detrás de Michael Olise, concentrando opciones que, de manera directa, terminaron favoreciendo el rol de Gnabry.

Con ese panorama, Gnabry ocupó el lugar vacante de número 10 y tomó la chance con decisión. En sus primeros cinco partidos aportó cinco jugadas de gol. Al principio, quienes dudaban lo consideraban solo un arranque caliente, un destello pasajero. Pero esta vez el futbolista de 30 años no frenó: siguió sumando. Esa continuidad se reflejó también fuera de lo estrictamente deportivo, porque en febrero firmó un nuevo contrato de dos años, aunque con una mejora salarial algo menor. En paralelo, Leon Goretzka no recibió una extensión en esas mismas condiciones.

Durante las negociaciones por la continuidad, el director deportivo Max Eberl lo definió con claridad: Gnabry, dijo, creció junto al Bayern y es una pieza fundamental del equipo, tanto dentro como fuera de la cancha. A esa valoración se le agregó un dato clave: su disponibilidad. En lo que va de la temporada, solo se perdió cuatro partidos por lesiones o por dosificación de carga. El contraste fue fuerte con el registro de los cinco años anteriores, donde acumuló veinte ausencias por problemas físicos y, en total, dejó de jugar 65 encuentros.

También cambió la imagen. Gnabry, que nunca evitó llamar la atención con su estilo particular fuera de la cancha, apareció con una banda blanca en la cabeza. Pero más allá del accesorio, lo realmente determinante es su reinvención táctica bajo la conducción de Vincent Kompany. En su debut, el entrenador belga—como antes habían hecho otros—lo utilizó principalmente como extremo. La modificación llegó en el tramo final, cuando el título ya estaba prácticamente asegurado de forma matemática: ahí lo movieron al centro. Incluso en la Champions, cuando el Bayern quedó eliminado en cuartos ante Inter, también apareció por los costados.

Con el correr de los meses, quedó claro que Gnabry dominó el nuevo rol: un atacante itinerante, con libertad para moverse detrás de Harry Kane. Esa posición parece hecha a medida para su combinación de velocidad, habilidad para el mano a mano y lectura inteligente para ubicarse entre líneas. Desde ahí puede escapar hacia espacios, asociarse con sus compañeros y castigar las debilidades de la defensa rival con la misma naturalidad.

Sus actuaciones recientes volvieron a confirmar la importancia para el Bayern. Joshua Kimmich lo resaltó tras el doblete ante Union Berlín, justo antes del parón por selecciones: “Extendimos su contrato”, remarcó, destacando lo que aporta. Kompany, por su parte, fue aún más directo: dijo que Gnabry es igual de bueno que el resto de los atacantes y que le gusta hablar siempre bien de él, incluso por encima del resto.

La forma en que se mueve explica por qué se volvió una amenaza constante. Gnabry se coloca casi a la altura de la última línea rival, con la mirada puesta en la franja de espacio que se abre detrás, mientras Kane—el nueve inglés—baja con inteligencia para asociarse o se mete en el área para resolver. Y cuando el momento lo exige, el alemán también puede arrancar desde más atrás hacia adelante, sumando una capa extra de imprevisibilidad para las defensas.

El Real Madrid fue testigo directo de esa dinámica en el triunfo del Bayern 2-1 en Múnich. El primer gol llegó a partir de un pase de Kane hacia el sector medio, que encontró a Gnabry en el momento justo para habilitar a Díaz. Luego, los defensores del conjunto español quedaron divididos por la decisión de Kane: el nueve terminó una jugada con un remate bajo para el 2-0, y el desmarque diagonal de Gnabry arrastró la atención, restándole protagonismo al rematador. Con Olise aportando más velocidad y visión, el cuarteto ofensivo del Bayern se ubica entre los más dinámicos de Europa.

Para Musiala, este nivel implica una competencia mayor por los lugares en partidos grandes. Karl, que también quiere ganarse su sitio y viene mostrando buenas actuaciones, hoy tiene la ventaja, por lo que el mediapunta joven debe esperar su momento. Su aparición en el Bernabéu—cuando reemplazó a Gnabry a los 69 minutos—pareció un guiño a la paciencia necesaria para entrar en un equipo que ahora juega a máxima velocidad.

Durante buena parte del encuentro, Musiala no logró tener impacto. Malgastó dos chances prometedoras de contragolpe y, de acuerdo con los datos de Opta, apenas completó diez toques, un número que marca lo poco que influyó. Uno de esos contactos, además, terminó en un pase mal controlado que derivó fuera de juego sin consecuencias, reforzando la idea de que todavía no está al cien en términos de ritmo de partido. Cuando quedaban diez minutos, logró ubicarse donde debería haber definido el 3-1, pero estiró el remate y dejó pasar una ocasión que pudo terminar de asegurar la victoria. “Al final tuvimos chances que tendríamos que haber convertido. Podríamos haber manejado mejor el tramo final y haber cerrado el partido”, sostuvo Gnabry.

Igual, la falta de efectividad del Bayern—con un total de 2.92 en goles esperados—no puede atribuirse únicamente a Musiala. Sin embargo, los números sí señalan un problema de fondo: por ahora, al mediapunta le falta credencial para alterar el partido en los instantes más intensos, cuando todo se juega a velocidad alta y con presión sostenida.

Esa sensación de duda es comprensible tras varias semanas con contratiempos. El director deportivo Max Eberl lo había admitido antes de la delegación rumbo a Madrid. Explicó que no es un tipo de lesión que se “rehabilita” de un día para otro: hay mucho componente físico, pero también intervienen el cuerpo y la parte anímica y mental. En esa misma línea, se refirió a los contratiempos posteriores al regreso de Musiala en enero, el más reciente contra Atalanta Bergamo. Allí, el problema fueron “adhesiones en el tobillo”, una cuestión delicada porque, como remarcó Eberl, no se trata de una situación perfecta o sin marcas: fue tratada quirúrgicamente, pero sigue siendo frágil.

En ese marco, el intento del club de darle a Musiala todas las oportunidades para recuperar su mejor chispa tiene sentido. Lothar Matthäus, en diálogo con Sky Austria el martes, señaló que el jugador vive un momento complicado y que necesita confianza. Sin ritmo de competencia, sostuvo, Musiala no puede estar en condiciones óptimas. Pero el ex futbolista también dejó una lectura más amplia: para Musiala, este ingreso al campo llegó antes de lo ideal en cuanto a su forma, aunque a veces se necesitan estos partidos para sentirse importante otra vez, para percibir que el entrenador confía en él.

Esa confianza, justamente, es lo que Musiala necesita hoy, sobre todo pensando en el Mundial que se aproxima. El mediapunta de 20 años se ausentó del campamento de marzo por dolor persistente en el tobillo. En su ausencia, Julian Nagelsmann ya consolidó gran parte del ataque titular: Nick Woltemade y Leroy Sané arrancaron una vez cada uno. En ese contexto, Gnabry—ubicado en un rol libre detrás del delantero—tuvo dos partidos como titular y dejó buenas sensaciones.

Eso, incluso, obligó a que Wirtz—en plena forma—tuviera que acomodarse en la izquierda, al menos en el esquema previsto. Nagelsmann lo explicó en octubre: Gnabry está en gran estado por varios factores, está fino físicamente y además se benefició de la situación de lesiones, porque el equipo no tiene tantas alternativas para ese puesto en este momento. Por eso, puede jugar con libertad y con una sensación positiva. Y esa condición no cambió: Gnabry volvió a demostrar en la selección que en ese rol puede aportar goles y asistencias, como ocurrió ante Suiza.

En ese sentido, el aporte del ex Bayern se traduce en números: fueron su quinto y sexto compromiso con participación directa en gol desde que comenzó la fase clasificatoria para el Mundial en septiembre del año pasado. La idea de que ganó un lugar de arranque y hoy se volvió indispensable también se refleja en un dato adicional. Sin contar a los delanteros centro, Gnabry es quien necesita menos minutos para marcar entre los atacantes alemanes. Casi cada 90 minutos, en lo que va de la temporada, se involucra de forma directa en una acción de gol para club y selección. Sus 27 participaciones en 44 partidos—con poca cantidad de encuentros completos de 90—hablan por sí solas.

Además, su compañero de equipo, Jamal Musiala, aparece segundo en esa clasificación, con un gol o una asistencia cada 109 minutos. El resultado es una “selección” difícil para Kompany en el Bayern y también para Nagelsmann en la selección: Musiala todavía busca reencontrar el ritmo tras la lesión, mientras que el presente de Gnabry hace cuesta arriba pensar en dejarlo afuera. Por ahora, el futbolista de 25 años solo está concentrado en estar de nuevo en el campo, libre de dolores, y listo para pelear por un lugar desde el inicio.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.