Adam El Manawy, fan belga de perfil ruidoso y multifacético dentro del mundo del entretenimiento, prepara una nueva travesía futbolera rumbo a Estados Unidos: “The Beast” —un BMW Serie 3 cupé de 1982— ya cruzó el Atlántico, está en trámites aduaneros en Baltimore y, una vez habilitado, volverá a ponerse en marcha para que el hincha llegue con lo justo a los primeros compromisos de Bélgica en el Mundial. La idea se parece a la de Qatar 2022, pero con un cambio clave: ahora viaja con pasaje de un solo sentido, sin alojamiento previsto y con entradas para la fase de grupos (y, luego, con expectativas de avanzar), mientras busca sumar historias en el camino con la complicidad de la gente de a pie.

“The Beast” vuelve a rugir: del BMW castigado al plan para Seattle

El Manawy bautizó su coche como “The Beast”. Se trata de un BMW 3 Series cupé del año 1982, una unidad que, con el paso de casi medio siglo, llegó a quedar “hecha trizas”: requería cambios regulares de aceite y el motor fallaba de forma intermitente, además de que parte de la pintura se fue desprendiendo por el desgaste acumulado. En 2022, decidió intervenirlo para que el motor trabajara con más suavidad y para que el arranque pasara de un chillido a un rugido más firme.

El capítulo de esta nueva aventura arrancó en 2022, cuando emprendió un viaje desde Bruselas hasta Qatar para ver a Bélgica en el Mundial. Esta vez, el proyecto es más grande, más ambicioso y con un punto de riesgo: el auto fue embarcado y aguarda liberación aduanera en Baltimore. Apenas esté en condiciones, el plan es que “The Beast” vuelva a la calle con una mano extra de pintura y un poco más de trabajo mecánico.

La motivación de fondo se mantiene: El Manawy explica que su manera de viajar cambia con el Mundial, porque el certamen le agrega “magia” y le permite moverse de otra forma.

Ruta con el Mundial como brújula: entradas, cero reservas y fechas clave

El núcleo del plan, en esencia, es el mismo: moverse de un lugar a otro en función de los partidos del Mundial. No es el único que encarará una logística extrema por la Copa del Mundo; en días previos también circularon titulares sobre hinchas argentinos que se movilizaron en bicicleta desde Buenos Aires hasta Kansas City. En el caso de El Manawy, la diferencia es el modo de traslado: para esta gira por Estados Unidos compró un vuelo de ida, cuenta con dinero para combustible y lo básico, pero no reservó hotel, camping ni una alternativa tipo Airbnb.

Con lo que sí llega “cerrado” es con la parte estrictamente futbolera: tiene entradas para dos de los partidos de Bélgica dentro de la fase de grupos, y luego confía en que el recorrido continúe para sumar cada etapa posterior. En ese sentido, sus cálculos parten de la premisa de que Bélgica avanzará por la vía deportiva (aunque el propio relato reconoce que es una suposición optimista).

El equipaje para el vínculo social también está definido: llevará dos camisetas de Bélgica para él y otras cuatro para regalar a gente que encuentre en el camino. El resto, en términos de planificación, es deliberadamente mínimo.

  • La salida desde Baltimore se prevé para esta semana.
  • Debe estar en Seattle antes del 15 de junio para el primer partido de Bélgica de grupos contra Egipto.
  • Seis días después, el 21 de junio, tendrá que llegar a Los Ángeles para enfrentar a Irán.
  • Luego, el itinerario dependerá de cómo se ordene el fixture para los próximos cruces.

Antecedente: Qatar 2022 fue un aprendizaje doloroso y la obsesión empezó en Brasil 2014

El Manawy viene de lejos con el fútbol. Relata que empezó a jugar desde muy chico, a los cuatro años, pero admite que no era demasiado bueno y que, ya en la adolescencia media, entendió que no iba a abrirse camino en el profesionalismo. Esa apuesta temprana por el juego se transformó con el tiempo en una forma de vivir la pasión: laburo, industria del entretenimiento y un ir y venir constante entre Estados Unidos y Bruselas, con momentos de trabajo como entrenador de chicos “acá y allá”.

El punto de quiebre para su obsesión mundialista llega en 2014, cuando un amigo le planteó ir al Mundial de Brasil. Allí se profundizó su costado de hincha: siempre fue seguidor de Bélgica, y en 2014 el torneo le disparó el fanatismo. En 2018, Rusia fue un paso lógico. En sus recuerdos aparecen viajes largos en tren, a veces de 24 horas o más, para ir de partido en partido; se pinta la cara, se ubica en las localidades más baratas y arma el primer canto y lo sostiene hasta el cierre.

Qatar, en cambio, le trajo otra clase de historia. Esta vez quiso ir por algo más desafiante: consiguió un auto viejo, no llevó dinero para combustible y directamente no reservó hoteles, con la meta de manejar más de 4.000 millas hasta Doha a tiempo para ver el debut de Bélgica. Además, se impuso un límite: no tomar autopistas, una decisión que definió el viaje como una sucesión de encuentros cotidianos con gente común.

El Manawy sostiene que la idea no era “promocionar” el Mundial como objetivo en sí mismo, sino construir conexión: conocer personas y que el viaje tuviera esa lógica de intercambio. Pero el trayecto también implicaba riesgos reales. Conducir por Europa hacia Medio Oriente, en ciertos tramos, lo obligaba a pasar por países que atravesaban conflictos activos. Él mismo reconoce que hay lugares que no son seguros y que, aun así, lo encaró como un riesgo calculado, no como una imprudencia.

En su relato menciona ejemplos concretos: se hospedó con familias al azar en Turquía y también se quedó en hoteles que, para la mayoría de los turistas, no serían una opción. El final, desde lo futbolístico, fue amargo: por estar tan metido en el recorrido —manejarlo y documentarlo— se perdió dos partidos de fase de grupos. Cuando llegó a Doha, Bélgica ya había quedado eliminada matemáticamente. En lo estrictamente deportivo, el viaje perdió sentido.

De esa experiencia, el propio El Manawy lo sintetiza con humor: “fue malo” y “un Mundial terrible” para Bélgica.

Estados Unidos como nuevo desafío: fútbol como gancho y el “factor” del país

Con el antecedente de Qatar en la mochila, El Manawy intenta esta vez encauzar el plan para llegar a los partidos. La propuesta vuelve a tener puntos en común con aquella etapa: sin reservas para dormir y sin un pasaje de regreso. Aunque esta vez, además, cuenta con dinero para nafta, no hay un auto nuevo que lo acompañe hasta el final del trayecto.

Lo que cambia, o al menos lo que enfatiza más, es la lectura futbolera del entorno. Antes encontraba países que, por tradición, aman el juego: ligas profesionales con historia por siglos y una cultura futbolera asentada, con gente que hablaba un “mismo idioma” futbolístico. En Estados Unidos, en cambio, entiende que el fútbol no es el deporte dominante. Y esa particularidad, lejos de frenarlo, la toma como un elemento más para su relato: quiere mostrar el juego allí donde todavía hay mucho por descubrir, intentar generar partidos y encuentros con personas que tal vez no estén familiarizadas con el deporte.

Su visión idealista es casi cinematográfica: entrar a un local tipo diner con la camiseta de Bélgica, llevar una pelota e intentar organizar partidos de manera espontánea con la gente de turno, usando la camiseta como disparador de conversación. Reconoce que hay límites: el país es enorme y existen zonas con poca población y, posiblemente, con escasa afinidad futbolera. Pero afirma que esos sectores suelen ser donde aparecen las mejores historias.

En ese sentido, anticipa que manejará hacia el norte y que en regiones como Montana, en el centro, habrá menos ciudades anfitrionas y menos movimiento habitual, algo que imagina como parte del encanto del viaje.

Documentación, costos y el futuro deportivo de Bélgica

El Manawy también planea registrar todo el recorrido. Quiere documentar sus desplazamientos de costa a costa en Instagram y en YouTube, tal como hizo en Qatar, con la esperanza de que esta segunda travesía produzca material atractivo.

El factor económico aparece, además, como una variable: si Bélgica se queda más tiempo en el torneo, el viaje puede encarecerse. Aun así, lo relativiza con un plan B: cuenta con amigos y familiares en Estados Unidos que podrían ayudar llegado el caso.

En cuanto al rendimiento esperado de Bélgica, el hincha sostiene que esta edición del equipo es distinta: hay talento más joven y, a la vez, permanecen leyendas del plantel. Ya no se los ve como favoritos del Mundial, pero considera que pueden jugar con mayor libertad. En la fase de grupos, afirma que deberían poder salir del grupo que incluye a Egipto, Túnez y Nueva Zelanda.

Después, el guion se vuelve incierto. Menciona un cruce que podría darse en octavos ante la USMNT (Estados Unidos), y admite que presentarse en un restaurante con el rostro pintado y la camiseta belga la víspera de ese partido podría implicar cierto riesgo.

Con todo, El Manawy apuesta por lo que le ha funcionado en el pasado: confiar en la gente, en el trato cotidiano y en que aparezca una base de amor por el fútbol aún no totalmente visible. Al final, resume su postura con simpleza: tiene un auto, entradas y un sueño. Y en su mirada, quizá esa sea la manera correcta de vivir el Mundial.

“Al final, todo se trata de la simplicidad”, concluye.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.