En Willemstad, Curazao, el fútbol se volvió una forma de sanar: donde antes hubo incendios, tensiones y marcas sociales, hoy aparecen murales y una pasión que terminó llevando a la selección al Mundial 2026. En paralelo a esa transformación cultural, artistas como Luis Munoz “tapan” fisuras con pintura y, a la par, el crecimiento del proyecto futbolístico —con apoyo, infraestructura en mejora y participación de jugadores de doble nacionalidad— fue acelerando un cambio que se siente en las calles, en las tribunas y hasta en el modo de entrenar.

De los incendios de 1969 al fútbol como pegamento social

La historia de Curazao arrastra heridas largas. En 1969, Willemstad fue casi destruida por incendios en medio de un clima de conflicto que venía de antes. Tras la abolición de la esclavitud, quedó la sombra de la trata y se reavivaron discusiones sobre qué significaba “ser” de Curazao. Ese debate derivó en protestas y violencia, y dejó una marca profunda en la memoria colectiva.

Hoy, esa memoria convive con una estética nueva. Munoz, muralista de los más destacados de la isla, trabaja en un taller sin ventanas, con la puerta siempre abierta y el calor como compañero de oficio. Su tarea no es solo artística: pinta sobre las “grietas” del entorno. Sus temas varían —ángeles, chicas y hasta extraterrestres aparecen entre sus murales—, pero al recorrer la ciudad se entiende que hay un motivo que se repite.

El fútbol. En Willemstad, el deporte ocupa paredes enteras: exhibiciones de gran tamaño, algunas autorizadas y otras ilegales, exhiben la cultura futbolera de la capital. Y el vínculo con el juego no es reciente: el país siempre estuvo, en silencio, obsesionado con el fútbol. La liga local suele tener buena asistencia, hay presencia del fútbol holandés por las conexiones coloniales con Países Bajos y, en los últimos tiempos, la pasión explotó con “la selección”, como le dicen en la isla.

El “milagro” de clasificar: por qué importa y qué antecedentes tenía

Curazao se convirtió el año pasado en la nación con menor población de todas las que lograron clasificar al Mundial. Y el dato, además, resulta contraintuitivo: Akron, Ohio, es más grande que Curazao. La explicación no está en una sola variable, sino en un combo de inversión inteligente, burocracia eficaz y la aceptación —necesaria— de que quienes están divididos podrían terminar uniéndose para intentar lo improbable.

El logro pesa todavía más por el contexto. La isla tiene menos de 160.000 habitantes; su PBI total figura en el puesto 184 del mundo; hay una ciudad y algunos pueblos chicos, y un aeropuerto. De un extremo al otro, se llega manejando en alrededor de una hora. Además, Curazao integra el trío de islas ABC junto a Aruba y Bonaire, aunque en comparación con ellas suele quedar en el lugar “menos nombrado”. Incluso hay una forma habitual de describirla que los locales intentan evitar: “la que está al lado de Aruba”. Una observación más precisa sería “la que está al lado de Venezuela”, que queda apenas a 40 millas al sur.

La economía tampoco ayuda a que la clasificación parezca “natural”. El turismo viene creciendo, pero fuera de eso no hay una industria tan amplia. Curazao tuvo un rol fuerte en el negocio petrolero global, aunque esa etapa se apagó cuando la atención se fue a otros destinos. En el siglo XVI, exploradores españoles la apodaron “la isla de la inutilidad”. Y, aunque tiene identidad propia, técnicamente no es un país independiente.

Hay una frase que sintetiza la particularidad del lugar: “Países Bajos marca las reglas”. En esa estructura, el fútbol fue ganando terreno como herramienta de cohesión y de esperanza.

Del rechazo inicial al proyecto futbolero: infraestructura, doble nacionalidad y una hinchada que se agranda

La clasificación no apareció de la nada. El recorrido de la selección —que muchos remontan aproximadamente una década— tuvo momentos de tensión. Cuando Gilbert Martina asumió el rol en la FA (hospitalario de peso en la isla y ex productor pesquero), impulsó un sistema para reclutar a todos los futbolistas con doble nacionalidad posibles, con el objetivo de armar un equipo capaz, al menos, de competir. Ese plan generó rechazo en la grada local: muchos hinchas, nacidos en Curazao y formados en canchas de tierra o terrenos con grava que casi no veían lluvias, veían esa estrategia como una imposición.

Willy Anthony Harms, que supervisó reparaciones en el estadio Ergilio Hato —donde juega la selección— contó que hubo “tiempo y resistencia”, y además sumó un dato personal: trabaja también como DJ a tiempo parcial. Con el avance del proyecto y la llegada de resultados, el clima fue cambiando. El éxito, por supuesto, influye; pero también ayuda el dinero, en este caso alimentado por patrocinadores rentables. La infraestructura futbolera crece y, con el tiempo, se terminó aceptando que necesitaban apoyo externo a través de jugadores de doble nacionalidad.

Harms lo explicó en términos de proceso formativo: jugadores que migraron para desarrollarse tuvieron que hacerlo para adquirir habilidades, mentalidad y profesionalismo en un entorno profesional, especialmente cuando eran jóvenes. La idea es que aprendan disciplina, hábitos y rutinas propias del alto rendimiento.

La división social, además, tiene raíces históricas. Durante siglos hubo tensiones entre clases y problemas raciales. Para 2018, Curazao era 75% nativo de Curazao; el resto era una mezcla principalmente holandesa y dominicana. Durante mucho tiempo existió un debate real sobre qué significaba ser de Curazao. Con los años, la convivencia se volvió más armónica.

Pese a esa mejora, el pasado vuelve a aparecer con datos duros: el 30 de mayo de 1969, Willemstad ardió. Las tensiones entre población negra local e inmigrantes blancos holandeses se venían calentando desde los primeros tiempos de la colonización europea, a inicios del 1600. La trata de esclavos, que trajo grandes contingentes de africanos occidentales, fue combustible para el conflicto. Aunque la trata se abolió en el siglo XX, en los mediados de los 60 la fricción seguía. En ese período, además, el negocio petrolero que había sostenido la isla empezaba a caer.

Shell operaba una gran refinería en Curazao y sus ingresos se desplomaron. En lugar de despedir, redujeron el salario. Los trabajadores negros vieron recortados sus ingresos, mientras que los empleados blancos europeos mantuvieron condiciones similares. Los trabajadores negros se organizaron, hicieron huelga y marcharon hacia el centro para pedir una audiencia con el gobierno local. La respuesta fue brutal: contramanifestantes blancos, fuerzas de seguridad y empleados inconformes chocaron en las calles. Hubo dos muertes, cientos de arrestos y el centro urbano se incendió en varios puntos.

El deterioro también se nota hoy. Hay marcas de quemaduras en edificios, ventanas que aún no fueron reparadas e incluso algunas puertas que jamás se cambiaron. Ese paisaje funciona como archivo del país que estuvo dividido. Muchas fachadas, de hecho, terminaron cubiertas con murales, como los que pinta Munoz, y en varios casos el escudo de Curazao y el equipo aparecen como protagonistas.

La selección “selection”: noches difíciles, referentes y una celebración que unió a todos

La manera de contar la historia del equipo incluye momentos amargos que ayudan a entender por qué la clasificación se sintió como algo enorme. El 18 de noviembre de 2025, cuando Curazao logró el boleto al Mundial, la isla explotó en festejos. Curt Obersie, que dirige un negocio de tours en bicicleta, describió el clima con una imagen: “Los enemigos se abrazaban. Fue una locura. He visto gente descontrolarse, pero nunca como ese día”.

No era un camino lineal. En 2019, el arquero suplente murió de un ataque cardíaco menos de 24 horas antes de un partido de la Nations League ante rivales de CONCACAF, Haití. El ex arquero Marcello Pisas, según el material que se pudo mostrar, tenía como único “resumen” un fragmento en el que no llega a despejar un remate de larga distancia. Aun así, había sostenido su presencia en la selección durante casi 20 años.

En paralelo, siempre existieron hinchas que creían. Brenton Balentien arrancó a patear una pelota a los cinco años. Creció mirando fútbol español, pero mantuvo cercanía con la comunidad local. Coachea fútbol juvenil, juega picados varias veces por semana y sube sus mejores jugadas a Instagram. Cuando el seleccionado empezó a tomar tracción, tuvo la idea de pintarse de azul. Primero fue una broma; después, Curazao siguió ganando, la superstición se volvió hábito y el hábito se transformó en ritual: así nació el apodo “capitán blueface”, y con el tiempo se convirtió en el hincha más identificable de la isla. Se lo nombra y la gente tiene una anécdota.

Balentien no solo alentó: también acompañó el proyecto desde el negocio local, vinculándose a la industria de bares y creando una bebida muy popular basada en ron. Lo siguió cuando el equipo jugaba contra selecciones caribeñas y, con las victorias frente a rivales a los que normalmente les cuesta, terminó siendo el referente de facto de “la Blue Wave”.

Hay una escena que resume su forma de vivir la clasificación: en una charla, contó que le dijo a su esposa que, si llegaban al Mundial, vendería el auto y cuando volvieran verían qué pasaba. Finalmente, el auto no se vendió.

En el estadio y en la vida cotidiana, la selección también se transformó en identidad. Balentien explicó que en una isla pequeña todo el mundo se conoce de algún modo y que su vínculo con el fútbol viene desde los seis o cinco años: “el fútbol está en mis venas y en mi corazón”. Incluso en la tienda del equipo, con remeras vendidas y agotadas, la fiebre se palpaba.

La generación más joven también se sumó. Balentien aprendió a jugar con canchas malas: tras cada partido callejero, volvía con callos, golpes y cortes. Sus padres se enojaban cuando llegaba tarde. Hoy, el panorama cambió: el fútbol juvenil está en otra etapa.

La nueva realidad del fútbol formativo: CRKSV Jong Holland, entrenamientos y el impacto del Mundial

CRKSV Jong Holland ganó la liga de Curazao nueve veces y se mantiene como uno de los pilares del fútbol local. Antes entrenaban en canchas de tierra, con perros sueltos cruzando en medio de las prácticas. Ahora, los planteles juveniles ensayan en césped sintético de buena calidad.

Durante una jornada de entrenamiento juvenil, se vio un trabajo con intensidad: 25 jugadores hicieron tareas de técnica y coordinación, mientras el entrenador gritaba en papiamento, una lengua que mezcla rasgos de neerlandés, español y portugués. No estaba conforme con el nivel: los pases mal ubicados provocaban reclamos inmediatos; fallar cuando había un compañero libre o salir con falta “a medias” también tenía corrección. Luego, cuando el grupo entró en ritmo, la pelota se movía rápido y el juego se construía en espacios reducidos, con toques cortos y combinaciones que buscaban precisión y fluidez.

Balentien jugó entre barro y arena; la siguiente camada tiene herramientas. Además del talento natural, el cambio cultural se nota: más hinchas locales asisten a partidos de la liga doméstica. Para Harms, el Mundial no solo trajo un momento de euforia: también abrió expectativas. “Veo el nivel. Veo otros beneficios. Veo que la gente tiene esperanza”, sostuvo.

La fe también se mide en emociones colectivas. Cuando suena el himno en el estadio, la gente se emociona hasta las lágrimas. Y cuando el equipo clasificó al Mundial, la isla celebró durante 24 horas seguidas. Al día siguiente, se declaró feriado nacional.

Balentien describió la celebración como una fiesta transversal: “No importaba si éramos negros, blancos de Curazao, holandeses, ingleses, haitianos o jamaiquinos. Da igual. Salió todo el mundo a las calles a celebrar con los chicos. Lo más lindo fue eso”.

La dimensión cultural: murales con estrellas, bar como templo y el fan fest que ya asoma

En Willemstad, el fútbol se mete hasta en lugares que parecen normales. El bar de Queno de Fritas está al final de la cuadra en la calle más transitada de la capital. Por fuera parece un restaurante más, con aspecto desordenado, sin puertas visibles y sin aire acondicionado. Adentro, el olor a cerveza de la noche anterior se mezcla con charlas en la barra y, antes del mediodía, ya hay algunos clientes.

Pero si uno mira con atención, aparece un santuario futbolero en miniatura: en las paredes figuran estrellas de renombre mundial, con Ronaldinho, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Mo Salah, Neymar y Ronaldo Nazario. Y en medio de ese mural aparece un chico de 14 años, con la expresión seria y vestido de punta a punta con la camiseta de Inter Willemstad, un club local alto en el escalafón. Es Diego, hijo de De Fritas, que hoy juega en la academia PSV en Holanda. Su padre cree que podría llegar al profesionalismo en el futuro.

“Dale tiempo”, dijo De Fritas con una sonrisa, asegurando que necesita unos años para estar listo y rendir al nivel esperado.

Este verano promete ser intenso. De Fritas espera una ola similar a la de ediciones anteriores de la Copa del Mundo: en 2018, durante un partido de Colombia, el bar fue tan ruidoso que la policía tuvo que cerrar una vía importante en la ciudad. También se vio el entusiasmo en el aeropuerto, donde los trabajadores se mostraban en selfies con figuras del torneo. En conversaciones cotidianas, la gente maneja detalles del fútbol holandés; Brasil también es sumamente popular. El béisbol tiene peso y por eso hay murales vinculados con ese deporte. Pero para los más chicos, el fútbol es el juego de base: todos lo practican cuando crecen y, ahora, más de ellos se quedan en el camino.

La cultura de ver partidos importa tanto como la comida, la bebida y la música que se arma alrededor del fútbol. En Curazao se celebra cuando otros equipos juegan, y esa fiesta debería multiplicarse durante el Mundial. Allí aparece un dato clave: Curazao organiza un fan fest en Houston, con 4.000 hinchas en las calles de Texas.

En lo deportivo, la expectativa de resultados no es lo único. Para muchos, Curazao ya “ganó” por haber clasificado. Balentien lo expresó con una mezcla de deseo y realismo: espera estar en semifinales, aunque sabe que es una ilusión. Lo más importante, para él, es disputar un buen torneo. En su visión, ganar, perder o empatar no define el festejo: si toca celebrar, se celebra.

Y esa idea se repite como consigna final: pase lo que pase, habrá celebración. Si se logra una esquina, se festeja; si llega una tarjeta roja o amarilla, también. Si hay un penal, si aparece el fuera de juego, si ocurre cualquier episodio del partido, el Mundial se vive completo y con disfrute.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.