Cuatro años después del Mundial de Qatar 2022, el recuerdo del plantel de la selección masculina de Estados Unidos no se apaga: goles que marcaron un antes y un después, noches eternas dentro de la burbuja, momentos familiares que se volvieron historia personal y también heridas difíciles de procesar. A ese grupo lo atraviesa una idea común: lo vivido fue irrepetible. Y aunque en 2026 el equipo vuelva a jugar en Norteamérica —con la carga extra de ser anfitrión—, nadie que estuvo en Qatar cree que pueda repetirse exactamente el mismo clima, el mismo ritmo y, sobre todo, el mismo “para siempre” que dejó esa experiencia.

Qatar 2022: la revancha tras el golpe de 2018 y el primer gran escenario

El Mundial de 2022 apareció como una especie de reinicio para el fútbol masculino de EE. UU., luego de la frustración que significó no clasificarse en 2018. Para casi todos los integrantes de aquella lista de 26, Qatar fue su primera experiencia mundialista. Para algunos, incluso, habría sido la única. En cualquier caso, lo que reunieron en ese invierno quedó como un patrimonio que no se puede quitar: un pasaje por el escenario máximo que los marcó incluso cuando el resto del mundo siguió girando.

Con el paso del tiempo, también se fue imponiendo otra certeza: ese grupo no volverá a estar completo otra vez. Cambió el entrenador, varios jugadores se alejaron del foco, otros irrumpieron y el recambio natural rearmó el rompecabezas. Por eso, cuando el Mundial llegue a Estados Unidos este verano, la selección buscará algo más grande y exigente, pero no algo que reproduzca lo que ocurrió en Qatar.

En el fondo, los Mundiales duran poco en el calendario y mucho en la memoria. Son momentos que unen equipos y cambian carreras, pero casi en el mismo instante en que aparecen, se van. Tyler Adams lo sintetizó con una advertencia para cualquiera que hoy sueña con llegar: “valorá ese tiempo”. En su lectura, el Mundial pasa como un parpadeo; luego llega el avión de regreso y el retorno a la vida que te espera afuera del torneo.

El “número asignado”, la burbuja y el ritmo que aceleró todo

La historia del plantel arranca incluso antes del primer partido. La noche previa al debut contra Gales, Gregg Berhalter juntó a los 26 jugadores en un círculo y les explicó qué ya habían logrado. A partir de esa charla, a cada futbolista se le asignó un número que representaba cuántos hombres habían defendido antes la camiseta estadounidense en un Mundial.

Walker Zimmerman recordó el momento: a él le tocó el 152. Contó el significado con detalle, desde la idea de que era el futbolista 152 en representar a EE. UU. en un Mundial, ligado a su dorsal y a la secuencia previa de jugadores.

Ese tipo de reconocimiento, además, tuvo un peso extra para quienes llegaron a Qatar desde procesos compartidos. Tyler Adams había crecido en el entorno formativo con Christian Pulisic y Weston McKennie, antes de que ese grupo cargara con la responsabilidad de sacar al seleccionado del desastre de 2018. Tim Weah, Josh Sargent y Sergino Dest también tenían su propia historia en las categorías juveniles. Para muchos, ya no eran solo compañeros: en Qatar empezaron a formar parte del mismo relato.

Adams remarcó que, si bien hoy vive memorias increíbles como profesional, las más valiosas siguen siendo las de cuando eran chicos y llegaron juntos a ese punto. En otras palabras: el “cuándo” y el “con quién” pesan tanto como el “qué” del torneo.

Una vez que empezó el Mundial, el tiempo se comprimió. No hubo partidos de preparación que amortiguaran el salto. Los jugadores se incorporaron desde sus clubes y fueron insertados casi de inmediato en el ambiente más intenso de sus carreras. Tim Ream describió la sensación de condensación: el torneo parecía más corto, la lógica de horarios se alteraba por los partidos nocturnos, y el cuerpo terminaba pagando el cambio de reloj. Incluso en días sin juego, el plan pedía mantener rutinas hasta altas horas, con desayuno, almuerzo y entrenamientos organizados de un modo que obligaba a ajustarse rápido.

Algunos intentaron bajar el volumen mental como pudieron. Sargent contó que trabaja con un entrenador mental y que priorizaron la respiración profunda y la gratitud, entendiendo que el estrés iba a estar. Aun con esas herramientas, el conjunto de tres partidos de fase de grupos en apenas ocho días terminó mezclando entrenamientos, recuperaciones y la extraña cadencia de vivir dentro de la burbuja.

Haji Wright lo definió como un sueño raro: el Mundial se le pasó como un “fiebre” en el recuerdo. Y para otros, la experiencia fue distinta incluso sin entrar a la cancha: Joe Scally fue uno de cinco jugadores que no jugaron en Qatar. Desde el banco, aun así, sintió que era imposible despegarse del torneo. “Un Mundial es un Mundial”, dijo: estar ahí fue una vivencia enorme, aunque con una salvedad personal. Mirar el himno, ver estadios llenos y sentir la atención del mundo fue combustible; incluso si no se podía jugar, el impacto igual prendió una chispa.

Los goles que hicieron historia: Weah, Pulisic y Wright, con recuerdos distintos

En Qatar, tres futbolistas se encargaron de consolidar algo que pocos estadounidenses habían logrado: anotar en un Mundial. Antes de 2022, 22 hombres de EE. UU. ya habían marcado en la historia mundialista del país. En el torneo de ese año, tres más sumaron su nombre a esa lista de elegidos.

Tim Weah: el sueño hecho gol y el festejo que llegó antes de lo imaginado

Weah fue el primero: marcó el gol de apertura en el debut ante Gales. La jugada se construyó con participación de Pulisic y el remate de Weah terminó en la red. Para él fue un sueño realizado, que venía imaginando desde hacía años. Dijo que, al final, el resultado fue incluso mejor de lo que esperaba: jugar un Mundial ya era un logro máximo, pero convertir en el torneo elevó la experiencia a algo especial. También dejó claro que el trabajo de toda una vida desembocó en ese momento.

Christian Pulisic: el gol que trajo una lesión y un festejo interrumpido

Luego apareció Pulisic. Tras un empate sin goles ante Inglaterra, EE. UU. necesitaba ganar el tercer partido para asegurar un lugar en la etapa eliminatoria. El rival fue Irán, con el peso emocional que eso traía. El gol llegó en un momento clave: en el primer tiempo del cierre de la fase de grupos, Pulisic mandó el balón al arco y, en el proceso, se chocó con el arquero Alireza Beiranvand. La consecuencia fue una lesión en la pelvis, por lo que no pudo disfrutar el instante como hubiera querido.

La escena que quedó no fue una postal de festejo, sino la imagen opuesta: hospital, dolor y una videollamada desde el lugar de atención para conectar con el vestuario luego de que el resto resolviera el partido. En 2024, Pulisic explicó que hubiera sido un momento enorme para celebrar, que incluso se notaba el deseo del equipo de ir a festejar, pero su propia situación se lo impidió. Aun así, sostuvo que no cambiaría lo ocurrido: lo importante para él es seguir acumulando momentos grandes y, sobre todo, ganar torneos. Su lectura final fue que el mundo hablará de lo que pasó, y la gente recordará lo que el torneo dejó.

Haji Wright: el gol con sabor a esperanza que terminó en eliminación

El tercer anotador fue Haji Wright. Su tanto tuvo un componente de fortuna: un toque que salió de su pie y terminó en el fondo de la red, dando esperanzas a la selección en los octavos de final ante Países Bajos. Pero esa ilusión no alcanzó: el equipo cayó 3-1 y el sueño se cortó. Wright confesó que todavía le cuesta dimensionar el momento, porque llegó en una de las noches más duras de su vida. Contó que, apenas entró la pelota, sintió que podía cambiar el impulso del partido, pero luego vio que no fue así. Después del encuentro, la emoción se mezcló con la eliminación, y lo que quedó más grabado no fue el gol en sí, sino la cadena emocional posterior.

En su versión, no recuerda con claridad la escena exacta del instante: fue un momento a la vez feliz y triste. Ser goleador en un Mundial es algo extraordinario, pero lo que sucedió después del gol y lo que sintió el equipo tras la eliminación es lo que se le quedó como recuerdo dominante.

Mirar hacia atrás: redes, reacción y el peso real del gol

Con el tiempo, los tres anotadores pudieron observar sus goles con otra perspectiva. Las redes sociales ayudaron a mantener vivo el impacto, y en el presente es más sencillo comprender qué significaron para ellos y también para la gente en casa. Weah contó que buscaron reacciones en la web y que ver a los hinchas del país reaccionando —tanto por su gol como por el de Pulisic— fue una vivencia potente: entendió el efecto que la selección genera y la representación que transmite.

Más allá del gol: el verdadero recuerdo se fabrica lejos de las cámaras

Aun con los tantos como instantes ruidosos, muchos jugadores coincidieron en que lo más importante no fue la repetición en cámara lenta del gol, sino lo que ocurrió detrás de escena. DeAndre Yedlin, por ejemplo, habló de la necesidad de perspectiva. En 2014 era un joven intentando encontrar su lugar en el mapa mundial; en 2022 fue el veterano, el que quedaba como referencia de la última vez que EE. UU. jugó un Mundial.

Tras cada partido, Yedlin se lo notaba liderando a sus compañeros de regreso al campo. Para él, era un momento para absorber la experiencia junto a quienes también hicieron posible el camino. En 2024, explicó la presión como una multiplicación: cámaras, lupa pública y opiniones permanentes. Por eso insistió en encontrar espacio y paz, con una idea clara: al final, el deporte es entretenimiento, inspiración y esperanza, y para él el punto central es no perder la perspectiva humana.

También señaló la paradoja del fútbol: los futbolistas son “minúsculos” en el gran esquema, pero al mismo tiempo influyen muchísimo. Para Yedlin, entender esa tensión ayuda a sobrellevar el vértigo del foco.

Para varios compañeros, el modo de recordar también fue distinto. Josh Sargent admitió que intentó alejarse del teléfono lo más posible para estar presente con el grupo, con la sensación de que podía captar cada detalle. Tim Ream contó que vivió con una concentración extrema, como si tuviera visión de túnel, olvidando cosas en el camino.

Pero hubo elementos que nadie pudo borrar: Qatar impuso un ritmo cultural y ambiental que el seleccionado no había vivido igual. La llamada a la oración resonaba por Doha, los mercados antiguos convivían con estadios construidos para el evento y la ciudad parecía girar en torno al Mundial, con restaurantes, calles y conversaciones que volvían una y otra vez al fútbol.

Matt Turner remarcó que disfrutó todo, en especial el clima de una cultura que no conocía. Para él, la llamada a la oración sonaba como una pausa tranquila y reflexiva, un recordatorio de que todos compartían una misma fe en ese momento. Además, lo valoró por el efecto del “todo en un mismo lugar”: vivir una tierra ajena juntos, con una burbuja sólida construida desde la clasificación y el trabajo compartido.

Doha también funcionó como burbuja para el propio torneo: siempre había otro partido en algún lado, otro bus de hinchas, otra bandera, otro sonido que venía de las calles.

La vida en el hotel: Players’ Lounge, ping-pong, música distinta y la sensación de casa

Dentro del hotel, las memorias se volvieron más fuertes. Sergino Dest intentó captar el ambiente aunque estuviera en gran parte confinado a la concentración: se sentaba en el techo y escuchaba. Contó que se dedicaba a vivir el instante, tomando agua y mirando cómo la gente disfrutaba la vida. También dijo que el sonido cotidiano de la ciudad, al abrir la ventana por la tarde, era lo que más extraña hoy: esa mezcla de normalidad en un lugar que estaba atravesado por el Mundial.

En el interior, la banda sonora era otra: partidos en televisión, noches de cine, pool, ping-pong, videojuegos, comida y largas jornadas de tiempo compartido en el Players’ Lounge, el espacio que terminó siendo el corazón de la experiencia.

El plantel se hospedó en The Pearl, una zona creada sobre una isla artificial, en el Marsa Malaz Kempinski. A diferencia de muchos Mundiales, no hubo necesidad de mudarse de sede con frecuencia, y eso ayudó a que el hotel se pareciera a un hogar. Yunus Musah, incluso, volvió el verano siguiente para reconectar con ese lugar. En 2025 lo describió como un “retroceso”: el olor, el cuarto, las vistas y la sensación de caminar por ahí como si estuviera reingresando a Qatar. Para él, el Mundial fue la mejor experiencia de su vida y la disfrutó profundamente.

Tyler Adams también habló del Players’ Lounge como un refugio: entrenar de noche, levantarse temprano, desayunos tardíos para ajustar al horario de juego y, sobre todo, el tiempo libre con el equipo, que permitió conectarse de verdad. Remarcó que Gregg Berhalter hizo de la camaradería una prioridad, y que el Mundial lo acercó más a compañeros con los que no sabía que podía formar tanta cercanía. La lógica era simple: en ese contexto, solo quedaba vincularse.

Ese lazo se construía muchas veces con competencia. Cuando no había partidos, llegaban las noches de cine. Y cuando los jugadores no estaban descansando, buscaban formas de superarse: ping-pong, pool, videojuegos y todo lo que hubiera disponible. Zimmerman recordó estilos particulares: Sean Johnson y Yedlin tenían una forma “loca” de jugar pool, casi como un snooker, con el objetivo de que el rival terminara fallando por rascar o por forzar errores. Esos detalles —y las charlas y momentos fuera del campo— fueron parte del recuerdo.

Cristian Roldan, en cambio, comentó que intentaba evitar su habitación: se quedaba con el grupo en el Players’ Lounge y trataba de no dar por sentado ningún instante, ya sea entrenando, compartiendo o mirando también cómo su familia disfrutaba el Mundial.

La familia como motor: el peso de la grada y la complicidad entre hogares

El Mundial no se vive en soledad. Los jugadores lo experimentan con el equipo, pero también con quienes ayudaron a llegar hasta ahí. Zimmerman recordó la salida para el primer partido contra Gales: durante las ceremonias previas, se enfocó en una zona concreta del estadio, la sección de familia de la selección. Allí había madres, padres, hermanas, hermanos, amigos e hijos; en ese sector estaban muchas personas que dejaron su huella en el recorrido de los 26.

En el himno, Zimmerman quiso mirar qué significaba ese momento para ellos. Señaló que la historia de cada jugador se conecta con lo que hicieron esos hinchas para traerlos hasta el punto en que estaban. Y recalcó lo especial que fue ver orgullo en esa sección y, a la vez, gratitud por las renuncias que ese grupo hizo para que el equipo pudiera jugar.

Incluso dentro del torneo, ese peso se sintió. Algunos de los momentos más orgullosos para el plantel fueron ver a quienes los sostuvieron en el estadio o entre partidos. No todos llegaron con la misma historia, pero nadie llegó solo: hicieron falta muchas personas para construir cada participación mundialista, y en esas semanas los futbolistas sintieron más que nunca el aporte del “pueblo” que sostiene.

Ream describió cómo el trabajo y el enfoque para bajar del partido y rearmarse para el próximo juego consumen energía. Para él, lo que más se le quedó, fuera de los partidos, fueron las pocas horas donde el descanso permitía que las familias se acercaran. Ahí era cuando por fin podían sentarse, respirar y pensar: “voy a guardar esta imagen mental”. Mencionó que junto a su esposa y sus hijos compartieron ese lugar como una misma comunidad.

Ese efecto también acercó a las familias entre sí. Weah sostuvo que ese periodo de tiempo los hizo más cercanos: ya eran un grupo muy unido, pero el hecho de conectar, conocer a las familias de los compañeros y compartir la vida cotidiana generó una emoción que no olvidará. Remarcó que incluso con el paso de los años, ese amor y esa emoción compartida seguirán apareciendo en la memoria.

Los contextos familiares cambiaron en los últimos años: algunos se convirtieron en padres, otros vieron crecer a sus hijos, algunos se casaron y ampliaron su círculo. La motivación no necesariamente se apagó; se transformó. Roldan, por ejemplo, afirmó que hoy su motivación es aún más fuerte: su hija tiene casi dos años, y el deseo de vivir un Mundial con ella se convirtió en su motor.

Roldan explicó que llegar a ese punto fue casi un esfuerzo colectivo. Que cada uno lo vivió a su modo, pero que fue posible gracias a las renuncias y al trabajo. Y puntualizó su alegría en ver a sus seres queridos ahí. Además, contó que tuvo un “último empujón” en su carrera por tener a su hija cerca: compite, vuelve a casa y ella solo quiere verlo, sin importar ganar o perder. Su motivación para seguir jugando al alto nivel es que ella lo mire jugar, y que pueda ver al papá en el campo, no como un suplente desde el banco.

Historias familiares con matices: el hijo del DT, el costo de una lesión y la frustración de afuera

Sebastian Berhalter vivió Qatar desde otro ángulo: en ese momento, todavía se estaba asentando en la MLS, pero el Mundial le tocó como hijo mirando a su padre dirigir a EE. UU. en la escena más grande. Con humor, dijo que fue la única vez que se sintió como “ultra”, porque pudo sentir de todo: el partido, el ambiente, la emoción. Afirmó que ver al entrenador frente a rivales de primer nivel es un recuerdo que no se olvida y que estar allí con su familia fue algo surreal.

No todas las historias fueron simples. Gio Reyna, por ejemplo, convirtió Qatar en una experiencia más compleja: un Mundial que había soñado para jugar, pero que terminó siendo una lección de frustración, madurez y el peso de formar parte de algo más grande que uno mismo.

Reyna llegó al torneo con problemas físicos. Cuando se confirmó que su rol no sería el que imaginaba, la emoción se le desbordó. Lo que siguió se volvió uno de los capítulos más comentados en la historia reciente del seleccionado: su participación limitada, las preguntas sobre cómo reaccionaba en entrenamientos y, después del Mundial, una disputa pública que incluyó a la familia Reyna informando a U.S. Soccer sobre un incidente de violencia doméstica ocurrido décadas atrás y vinculado a Gregg Berhalter.

Fue un episodio feo y complejo, más allá de lo que pasó en la cancha. Aun así, con el tiempo, quienes estuvieron involucrados intentaron seguir adelante: Berhalter volvió al equipo en 2023 y más tarde fue reemplazado por Mauricio Pochettino. Reyna se mantuvo dentro del grupo de jugadores del seleccionable. De cara a 2026, el mediocampista enmarca lo ocurrido en Qatar como una experiencia que le dejó aprendizaje.

En su lectura, tanto él como el conjunto eran muy jóvenes e inexpertos en ese momento. Y el camino los cruzó con una selección de Países Bajos que contaba con más experiencia, más astucia y mayor lectura del juego. En ese marco, sentenció que fue casi demasiado para ellos. Igual reconoció que fue un Mundial: una experiencia increíble y con mucho para aprender. Dijo que, aunque le gustaría haber jugado más en el próximo, entiende que el objetivo es ayudar al equipo y que el país está en juego. También remarcó que, siendo local en 2026, estar ahí sería un sueño hecho realidad y que la clave es lo colectivo.

Reyna no es el único con “asuntos pendientes” de Qatar. Algunos ni siquiera llegaron a la cancha, otros ni siquiera viajaron. A medida que se acerca 2026, hay varios futbolistas que todavía persiguen el momento que Qatar les negó.

Los que no estuvieron: lesiones, decisiones del banco y el aprendizaje de mirar desde afuera

Miles Robinson tuvo un camino que parecía encaminado hacia el Mundial. Fue una pieza importante en la clasificación y parecía destinado a ser titular en el torneo grande. Pero apareció la lesión: un problema en el tendón de Aquiles que lo dejó fuera de Qatar. Cuando el Mundial llegó, tuvo dos caminos: apartarse por el dolor y la frustración o intentar encontrar una forma de disfrutarlo. Eligió lo segundo.

En una explicación con sonrisa, Robinson dijo que estaba afuera mirando el torneo, con amigos y mirando a su grupo, celebrando y alentando para vivir esa energía real que, según él, lo define como persona.

Chris Richards, en cambio, no tuvo esa opción. Antes de la lista final, venía abriéndose paso en el plantel mayor, pero semanas antes del anuncio sufrió una lesión en el isquiotibial mientras jugaba para Crystal Palace. La situación quedó demasiado cerca de lo que permitía la recuperación. Richards terminó rehabilitándose en Londres, mientras sus compañeros —tanto en clubes como en selección— vivían el sueño.

Él contó que, aunque fue a un pub para ver el partido, no era lo mismo que estar ahí. Recordó la escena de estar en Londres mirando cómo “los chicos” la rompían, con felicidad por ellos, pero también con soledad. Dijo que fue esa soledad: no quería saber nada con el fútbol en ese momento. Lo atribuyó a que era un sueño que se le había arrancado justo antes.

Mark McKenzie no quedó afuera por lesión, sino por decisión del entrenador. Y para él fue más difícil todavía aceptarlo. En lo físico sabía que podía aportar: ya había iniciado el proceso de demostrarlo a través de sus primeros diez partidos con el seleccionado. Pero mentalmente entendió que quizás no estaba totalmente listo. Afirmó que perderse el Mundial fue como un golpe al estómago y que, cuando te dicen que no vas, se te cae todo. También sostuvo que ese sentimiento sirve para poner en perspectiva la vida, y que en su caso se le fue demasiado el foco, perdiendo quién era y descuidando áreas pequeñas que necesitaba mejorar.

Del fin de Berhalter al inicio de Pochettino: 2026 como evento que cambia vidas

Desde aquel grupo, muchas cosas cambiaron. En 2024 terminó el ciclo de Gregg Berhalter luego de una eliminación en la Copa América, y Mauricio Pochettino es hoy quien conduce el proyecto, tomando las decisiones sobre qué 26 jugadores viajarán este verano.

Ese viaje tiene un significado enorme para el deporte en Estados Unidos por la particularidad del Mundial 2026. No solo es una prueba futbolística: también va a modificar la vida de quienes estén adentro. Los veteranos de 2022 lo saben por experiencia.

Tyler Adams explicó cómo el impacto se sintió al volver a casa. Antes, un paseo tranquilo por una ciudad cercana a su corazón era normal; después de Qatar, la notoriedad llegó y se volvió diferente. Dijo que en Nueva York City lo reconocían en la calle y que, además, estaba a punto de ser padre. La vida personal y la profesional se mezclaron en un nuevo equilibrio: no fue un problema, pero sí algo que tuvo que aprender a navegar.

La narrativa de 2026 será precisamente la presión de ser anfitrión. Si en 2022 el seleccionado recibió un anticipo del fútbol de máxima exigencia y de todo lo que lo acompaña, ahora necesita más. Ya no es invitado: es local, y eso trae una carga adicional, sobre todo en un país donde el fútbol sigue creciendo, no terminado de consolidarse.

Weston McKennie lo dijo a pocas semanas de que el torneo llegue a Estados Unidos: es un sentimiento increíble, pero también una responsabilidad. Remarcó que quienes crecieron mirando referentes tienen ahora el deber extra, incluso por el cambio en el mundo de las redes sociales. La idea, en su mensaje, es que la gente vea que existe una ruta para salir adelante. Puede no ser igual a la de McKennie, Pulisic o Chris Richards, pero el camino se sostiene en confiar y apostar por uno mismo.

El Mundial de 2026: nuevas caras, distintos roles y el mismo lazo para siempre

En las próximas semanas, otros 26 futbolistas tendrán la chance de apostarlo todo en un Mundial. Algunos llegarán con el antecedente de 2022 en la mochila; otros empezarán desde cero. Algunos sentirán que era “para ellos”, otros lo vivirán como un premio inesperado. Habrá quienes jueguen papeles gigantes y quienes quizá no entren tanto, pero todos comparten algo en común: se unirán para siempre por lo que representa un Mundial.

Para el grupo de 2022, Qatar será el punto que los mantendrá conectados, incluso cuando el plantel ya no sea el mismo. Para algunos fue un instante; para otros, el momento que definió su vida. Pero la conclusión se repite en cada relato: fue especial y no se puede replicar.

Haji Wright habló de la dimensión emocional: entiende que para algunos puede parecer agotador. Después del torneo, sintió que el fútbol lo cambió de alguna forma, y ahora intenta perseguir una sensación parecida. Dijo que es difícil encontrar ese clima fuera de un Mundial, que todo parece de ayer y que, ahora, el próximo ya está aquí.

Matt Turner también cerró con esa necesidad: aseguró que tuvo experiencias increíbles y que por eso quiere volver, porque desea recuperar ese mismo sentimiento. Con el Mundial a la vuelta, Qatar 2022 queda como un antecedente que no solo pesa en la historia deportiva, sino en la forma de entender lo que significa representar a un país en el escenario máximo.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.