Luis Enrique, como futbolista, no ofrecía dudas sobre su jerarquía: entre 1991 y 1996 sumó más de 150 partidos con la camiseta de Real Madrid, desempeñándose en un rol ofensivo. Después, fue uno de los pocos jugadores que dio el salto de manera directa a FC Barcelona, precisamente en el máximo rival del “club blanco”. Su etapa en el conjunto catalán se extendió por más de 200 encuentros, hasta que en 2004 colgó los botines.
La transición a la banca y el “tapado” de Guardiola
Cuatro años más tarde, con experiencia ya “cocinada” en el tiempo, Luis Enrique se metió de lleno en el mundo de la conducción técnica. En ese momento, tomó el cargo del equipo reserva de Barcelona, sucediendo a Pep Guardiola, que acababa de ser promovido dentro del club. En ese escenario, Luis Enrique dejó ver su deseo de dar el salto al primer equipo. Sin embargo, ese camino se le cerró una y otra vez: Guardiola, por influencia y dominio futbolístico en la estructura catalana, logró bloquearle el acceso al puesto.
En el verano de 2011, cuando Guardiola llegó a contemplar una salida —aunque finalmente se terminó quedando—, a Luis Enrique ya no le alcanzó con mirar desde afuera. Anunció su partida y, de inmediato, varios clubes se mostraron interesados en llevarlo como “el próximo Guardiola”. En ese contexto, el español de 41 años eligió a AS Roma para su primera experiencia como DT en el primer nivel.
Roma, el proyecto de DiBenedetto y el choque con la hinchada
En su llegada a Roma, Luis Enrique tenía aspiraciones claras de títulos. Pese a que el equipo había finalizado sexto en la campaña anterior, el nuevo dueño estadounidense, Thomas DiBenedetto, inyectó 90 millones de euros en el presupuesto de fichajes. El entrenador no tardó en moverse: aterrizaron Maarten Stekelenburg (Ajax), José Ángel (Gijón), Gabriel Heinze (Marseille), Simon Kjaer (Wolfsburg), Erik Lamela (River Plate), Miralem Pjanic (Lyon), Bojan Krkic (Barcelona), Dani Osvaldo (Espanyol) y Fabio Borini (Parma). Con ese recambio, Roma armó un plantel bastante renovado, con la columna vertebral formada por figuras históricas del club: Francesco Totti y Daniele De Rossi.
Pero hubo un “nuevo fichaje” que no cayó bien en la grada. Luis Enrique incorporó como asistente técnico a Ivan de la Peña, ex jugador de Barcelona. El detalle que encendió la polémica fue que De la Peña venía de pasar cuatro años en Lazio, un antecedente que los hinchas del Giallorossi no estaban dispuestos a perdonar. Aun así, el DT no se detuvo ante la reacción de la parcialidad. Tampoco parecía inquietarle el costo de asimilar sus ideas: en la etapa corta de pretemporada, el equipo tuvo dificultades para absorber su metodología.
Su idea, en cambio, era directa y reconocible: replicar el estilo que lo había consolidado en Barcelona, con un juego basado en la posesión insistente y en la recuperación agresiva apenas se pierde la pelota, con presión constante para volver a dominar el ritmo.
El impacto de Luis Enrique: “conceptos nuevos” y una primera etapa sin resultados
Walter Sabatini, director deportivo de Roma, resumió el efecto de esas nuevas ideas con una frase que se volvió referencia. “De Rossi entró a mi oficina y me dijo: ‘Está metiendo tantos conceptos nuevos que siento como si nunca hubiera jugado al fútbol’”, explicó Sabatini, graficando el salto conceptual que proponía Luis Enrique. El problema fue que, pese a la intensidad del planteo, los resultados no acompañaron al inicio del torneo.
La pretemporada terminó con un golpe: en el último amistoso antes de la competencia, Roma perdió 3-0 contra Valencia CF. Y apenas una semana después, el equipo tuvo que afrontar en Europa League la ronda clasificatoria ante Slovan Bratislava.
En ese tramo, Sabatini volvió a mirar para atrás y dejó una advertencia cultural dentro del club. “En Roma hay una regla: el que ataca a Totti comete un pecado mortal; y el que lo cuestiona, queda marcado”, explicó, rememorando lo que ocurrió en Eslovaquia años después. Luis Enrique, con conocimiento de la tormenta mediática que se venía, dejó al ídolo del club en el banco en el partido de ida. La respuesta del público fue inmediata: la afición se mostró indignada y el impacto fue mayor todavía tras la derrota 0-1, en un juego en el que Totti ingresó en el segundo tiempo.
“Él sabía que, si dejaba a Totti afuera, estaba cavando su propia tumba”, sentenció Sabatini. Luis Enrique, por su lado, defendió la decisión como una cuestión puramente táctica: “Fue una consistencia brutal”, expresó el ex directivo al explicar la lógica del técnico, aunque admitió que lo que no se terminó de medir fue la intensidad de la reacción incluso antes de que comenzara la primera fecha de la liga.
La tensión con Totti y el quiebre en Bratislava
Durante las conferencias de prensa, el tema excluyente fue Totti. Al principio, Luis Enrique respondió con un tono amable, pero pronto aparecieron versiones sobre una grieta entre el nuevo entrenador y la figura histórica. El DT, sin embargo, salió a despegarse de cualquier pelea: “Francesco es un jugador al que valoro y respeto. No tuve discusiones con nadie”, remarcó.
La historia se terminó de complicar en el partido de vuelta ante Bratislava. Luis Enrique apostó por su estrella desde el inicio, pero decidió reemplazarlo a los 74 minutos cuando el marcador era 1-0. En ese tramo, Totti había participado con una asistencia. Sin embargo, Slovan Bratislava llegó al empate sobre el final y las chances de Roma en esa primera competencia se apagaron rápido.
En Serie A, el equipo no pudo ganar en los primeros tres partidos, aun con Totti completando los 90 minutos en todos ellos. Con ese panorama, quedó más expuesto un problema de fondo: Luis Enrique no contaba con las piezas necesarias para plasmar lo que aficionados y especialistas esperaban bajo el rótulo de “BarcaRoma”. Y aunque el equipo terminó la temporada con el segundo promedio más alto de posesión, solo detrás de Juventus, esa dominación casi nunca se transformó en ataques de verdadero peligro. El entrenador, además, se negó a modificar el sistema.
El desgaste, los insultos y la renuncia antes de tiempo
La campaña nunca terminó de tomar impulso y Roma se fue frenando hasta quedar séptimo. Con el clima ya enrarecido —y con la sospecha instalada por la manera en que el DT había tratado el tema del ídolo— los hinchas terminaron yendo más allá. Hubo agresiones verbales contra la familia de Luis Enrique frente a su domicilio. Sabatini lo recordó con crudeza: “Él no pudo tolerarlo más. Se fue. Estaba agotado y necesitaba un año de descanso”.
Con una fecha restante en Serie A, Luis Enrique presentó su renuncia como entrenador de Roma. Su mezcla entre principios futbolísticos y el tipo de fútbol que más tarde lo llevaría a conquistar con éxito Barcelona, la selección española y, en la actualidad, Paris Saint-Germain, en Roma directamente no terminó de materializarse. Para los hinchas del Giallorossi, la salida tras apenas menos de un año pareció el desenlace inevitable de un proceso que arrancó con aquel “pecado mortal” en Bratislava.
