Inglaterra arrastra una historia reciente cargada de frustraciones en los Mundiales: desde las caídas ante Argentina y Alemania en las ediciones de 1986 y 1990, pasando por los tropiezos de 1998 y 2010, hasta el golpe de 2006 cuando Portugal la dejó afuera en cuartos. Con el paso de las generaciones, los “Three Lions” lograron destellos de ilusión —como el subcampeonato virtual que terminó en semifinales en 2018 con Gareth Southgate—, pero también acumuló decepciones que se explican por una mezcla de mala suerte y, sobre todo, falta de respuestas colectivas en los momentos decisivos.
Un patrón que se repite: del sueño de 2018 al golpe de 2022
La Selección inglesa no gana el Mundial desde 1966, cuando logró el éxito histórico en casa. Desde entonces, cada intento grande pareció terminar en el mismo punto: o se queda en el camino antes de tiempo, o cuando llega la hora de la verdad aparece el quiebre. El recorrido incluye derrotas en cuartos de final frente a Argentina en 1986, y luego la eliminación en semifinales ante Alemania cuatro años después en una serie marcada por el desgaste del tiempo suplementario. Más adelante, volvió a chocar con los mismos rivales en los mano a mano: Alemania la eliminó en 1998, y Argentina también la dejó afuera en 2010; además, Portugal la superó en cuartos en 2006.
En 2018, la ilusión regresó con fuerza bajo la conducción de Sir Gareth Southgate: el equipo superó expectativas y llegó a las semifinales. Pero en 2022, aun con el ascenso a favorito de la competencia, volvió a fallar: cayó 2-1 en cuartos ante Francia en un partido que tuvo como protagonista el peor penal de la carrera de Harry Kane.
El “caso 2002”: cuando Inglaterra tenía el camino abierto y no supo capitalizarlo
Inglaterra tuvo 11 oportunidades reales de volver a levantar la Copa dorada, pero faltó a la cita en 1974, 1978 y 1994. En la era moderna, su peor Mundial llegó en 2014 con una eliminación vergonzosa en fase de grupos. En ese arco de fracasos, la mala fortuna aparece, pero la nota remarca que también pesan decisiones futbolísticas y mentales: generaciones que se apagan en los instantes decisivos o que no logran trasladar lo que hacen en sus clubes al nivel exigente de los torneos internacionales.
El punto de quiebre más señalado es 2002. Ese año, el combinado inglés parecía estar cerca del “segundo regreso” del fútbol a casa. La sensación se respiraba incluso en el regreso del plantel tras su participación en Corea del Sur y Japón, con el equipo golpeado y con la idea de que “podía ser”.
El entrenador Sven-Goran Eriksson dejó claro el mensaje previo: con el plantel que tenía, no debían tener miedo de nadie y, si corría un poco de suerte, podían llegar hasta el final. “Todavía creo que podríamos haberlo hecho”, sostuvo, en la lógica de que el equipo tenía margen para ir por más.
Del caos a la reconstrucción: el contexto que llevó a Eriksson
El suizo (Sven-Goran) Eriksson tomó el cargo cuando la selección estaba en un estado de desorden. Inglaterra quedó eliminada en fase de grupos de la Eurocopa 2000 y, en el inicio de la clasificación para el Mundial de 2002, abrió con una derrota 1-0 ante Alemania en el último partido disputado en el viejo Wembley. Luego de ese final, el director de la FA, David Davies, intentó frenar la renuncia de Kevin Keegan, metiéndolo incluso en un cubículo de baño para convencerlo. Keegan, sin embargo, no cedió: afirmó que no podía cambiar su decisión, que no estaba dispuesto y que tampoco podía motivar a los jugadores ni sacar “ese extra” que necesitaba. Finalmente, el ícono de Liverpool dejó el puesto y describió su paso por la selección, de 20 meses, como “sin alma”.
Con la necesidad de un ganador que enderezara el rumbo, la FA eligió a Eriksson. El sueco era visto como uno de los mejores entrenadores de Europa tras llevar a Lazio al título de la Serie A 1999-2000. Aunque su designación como primer DT extranjero en la historia de Inglaterra generó escepticismo, lo fue apagando con una racha inicial: ganó los primeros cinco partidos, combinando amistosos y partidos de clasificación ante España, Finlandia, Albania, México y Grecia.
El golpe a Alemania y la clasificación con dramatismo
La selección firmó una actuación memorable con una goleada 5-1 a Alemania en Múnich, en el Olympiastadion. Allí, Michael Owen completó un hat-trick inolvidable. Ese resultado provocó un impacto enorme y marcó una señal de poder. Cuatro días después, Inglaterra también se impuso 2-0 a Albania en condición de local, quedando a una sola condición para cerrar el Grupo: igualar el resultado de Alemania en la última fecha.
El objetivo se cumplió, pero no de la manera sencilla que se esperaba. Grecia le ganó a Inglaterra 2-1 en Old Trafford y mantuvo esa ventaja hasta el tercer minuto de descuento. Ahí apareció David Beckham, con una ejecución fenomenal desde tiro libre de 30 yardas para empatar. Mientras Finlandia sostenía un 0-0 ante Alemania, ese gol terminó siendo suficiente para asegurar el pasaje automático al primer Mundial que se disputaba en Asia.
El “Grupo de la Muerte”, las dudas y la preparación marcada por lesiones y escándalo
El envión de la goleada a Alemania y el gol inmediato de Beckham ante Grecia duró poco, porque el sorteo castigó a Inglaterra con el temido “Grupo de la Muerte” del Mundial 2002: además de enfrentarse a enemigos históricos, quedaron Argentina, la selección del propio Eriksson (Suecia) y Nigeria, un rival que podía complicar en cualquier momento.
Para sumar presión, Beckham, Gary Neville y Steven Gerrard arrastraron lesiones graves desde el final de la temporada de clubes. En paralelo, Eriksson quedó también instalado en la tapa de la prensa británica por una situación extradeportiva: se lo vinculó con su larga relación personal, Nancy Dell’Olio, y con la conductora Ulrika Jonsson. La preocupación era que esa exposición desviara la atención del equipo antes del torneo.
También hubo críticas por la elección de la lista final. Eriksson prefirió a Wes Brown y Danny Mills en la defensa por encima de Jamie Carragher y Phil Neville. Además, dejó fuera del mediocampo a Steve McManaman y Frank Lampard, y escogió apenas cinco delanteros. Andy Cole, por su parte, anunció su retiro de la selección luego de no entrar en los planes.
La discusión por el gol y el riesgo de Beckham
En la antesala se instaló una duda central: de dónde vendrían los goles si los principales no aparecían. Andy Gray, ex comentarista y ex jugador internacional de Escocia, lo expresó con claridad: si Michael Owen no llegaba en forma, ¿quién era el reemplazo? ¿Quién iba a resolver?
Eriksson fue señalado por apostar a una estructura conservadora con ocho defensores. No obstante, tomó un riesgo grande al incluir a Beckham: se le marcó un plan de recuperación estimado entre seis y ocho semanas después de sufrir una fractura de pie en la victoria de Champions League de United sobre Deportivo La Coruña a comienzos de abril.
La rehabilitación y hasta el significado del término “metatarsiano” fueron tema de análisis constante para hinchas y prensa hasta el inicio del torneo. Pero las malas noticias siguieron: Neville y Gerrard no llegaron a jugar atravesando el límite del dolor. Danny Murphy, su reemplazo, también fracturó el pie apenas ocho días antes del primer partido. Entonces, Trevor Sinclair de West Ham fue convocado para ocupar su lugar. Kieron Dyer y Nicky Butt también cargaban molestias, y varios especialistas llegaron a sugerir que la campaña estaba condenada antes de empezar.
Aun así, Eriksson contaba con nombres de jerarquía: David Seaman, Martin Keown, Sol Campbell, Paul Scholes, Owen Hargreaves y Teddy Sheringham completaban el plantel “de casa”, junto con Beckham y Gary Neville. En la parte más joven, Owen lideraba el grupo con Rio Ferdinand y Ashley Cole.
El arranque con empate ante Suecia y el subidón contra Argentina
El primer compromiso fue ante Suecia. Allí Inglaterra tuvo la chance de mostrar carácter y aprovechar un cruce que, en el papel, no parecía imposible. El plan arrancó bien: Beckham, con un mohawk rubio distintivo, justificó su presencia desde el arranque con un centro de esquina preciso para que Campbell cabeceara y pusiera a Eriksson (Inglaterra) adelante antes de los primeros 25 minutos.
Pero en vez de sostener el ritmo, el equipo se replegó y cedió territorio. Niclas Alexandersson aprovechó una mala salida de Mills para empatar. En el complemento, Suecia dominó con opciones claras: Teddy Lucic y Henrik Larsson estuvieron cerca de desnivelar. Inglaterra terminó sosteniendo un 1-1, con el sabor a “escape” y con un clima sombrío en el vestuario, más aún porque Argentina había arrancado ganándole a Nigeria 1-0 el mismo día.
Eriksson no se desinfló: explicó que en el vestuario se sintió como una pérdida al pasar de un 1-0 a un empate, pero sostuvo que no era el fin, que el Mundial recién empezaba y que la clasificación seguía abierta: “Todo es posible porque está muy parejo”.
La respuesta llegó en el segundo partido frente a Argentina. El mensaje de Eriksson influyó poco: la motivación real venía por revancha. El equipo venía de una experiencia dolorosa: cuatro años antes había caído ante Argentina en Francia tras penales. En Japón, el deseo de cobrar esa historia se notó. El momento más fuerte apareció cuando Beckham fue expulsado temprano en el segundo tiempo por una patada a Diego Simeone, con el marcador 2-2.
Desde el arranque en el Sapporo Dome, el equipo mostró una intensidad que, según el texto, lamentablemente no volvió a repetirse en la era Eriksson. Inglaterra superó a Argentina en el primer tiempo, la jugó mejor y se puso arriba cuando Owen provocó una falta cerca del área para conseguir el control del partido. Beckham tomó la pelota, enfrentó sus fantasmas en un contexto de máxima presión y, respirando hondo, ejecutó con precisión técnica: definió bajo al centro del arco, tan rápido que el arquero Pablo Cavallero pareció llegar tarde. Fue un momento catártico para el capitán y una señal de que Inglaterra era un equipo competitivo en el torneo.
Argentina intentó empujar en el segundo tiempo con todo, pero no encontró el camino. Ferdinand y Campbell se convirtieron en protagonistas de la resistencia, con cierres, intercepciones y entradas clave. Inglaterra ganó y obtuvo la venganza que buscaba. Cuando apareció el resultado de Suecia 2-1 sobre Nigeria, el equipo supo que un empate en la última fecha le aseguraba el pasaje a los octavos.
Finalmente, Inglaterra consiguió el punto necesario con un 0-0 ante Nigeria, pero no pudo quedarse con el primer puesto del grupo: Suecia empató 1-1 con Argentina y lo dejó pasar. El dato más preocupante fue el rendimiento en el último tramo: actuación lenta, falta de energía y poca claridad en el tercio final.
El golpe definitivo ante Dinamarca, el cruce con Brasil y la caída mental
Con un sorteo menos favorable en el papel, Dinamarca apareció como el obstáculo rumbo a cuartos. Los daneses habían liderado el Grupo A por delante de Senegal y habían firmado sorpresas grandes: le ganaron a Uruguay y dejaron fuera al campeón Francia, con un total de cinco goles en esos golpes. En Niigata, en el Big Swan Stadium, se esperaba una noche complicada y la hinchada estaba tensa, pero el guion cambió temprano.
Inglaterra salió a toda velocidad y abrió el partido a los cinco minutos. Beckham volvió a participar con una asistencia de córner: Ferdinand cabeceó para marcar en el segundo palo, con un factor que se volvió decisivo por la mala recepción del arquero danés Thomas Sorensen. Luego, Owen hizo el 2-0 con un remate de “cazador” de manual. Antes del descanso, Emile Heskey cerró la cuenta con el tercer gol luego de una buena jugada de Beckham. El primer tiempo fue casi perfecto en pases y presión agresiva.
En el complemento, el equipo mantuvo el control y terminó goleando 3-0. Así armó un cruce de cuartos con Brasil, un rival que en el otro lado del cuadro no venía tan sólido: Bélgica cayó 2-0 contra la selección brasileña, pero generó chances y mantuvo el control en el mediocampo durante gran parte del partido. Desde ese lugar, Inglaterra tenía el “material” para castigar si repetía los errores adecuados del rival. Incluso Pelé, legendario del fútbol brasileño, dejó una frase que funcionó como aviso: si Inglaterra mantiene la calma y disciplina, puede llevarse el partido.
Brasil mejor en la intensidad y el quiebre de Inglaterra
El duelo con Brasil arrancó bajo un calor intenso: 28°C y humedad elevada en el Yokohama Stadium, con condiciones que favorecían el libreto de Luis Felipe Scolari. En el inicio, se notó: Brasil presionó, tocó con confianza y empujó a Inglaterra hacia atrás.
Sin embargo, con Campbell marcando el ritmo defensivo, Inglaterra logró frenar el despliegue ofensivo brasileño y apareció peligrosa en transiciones. A los 23 minutos, una ruptura llevó a Heskey a filtrar un pase hacia Owen. El control de Lucio no fue bueno y la pelota quedó servida. Owen tocó y definió con una sutileza hacia el rincón lejano. Brasil se quedó con la sensación de que el partido podía girar a favor de Inglaterra, y el pronóstico previo de Pelé parecía tener sentido.
Pero, según la lectura del texto, Inglaterra no siguió creciendo: se replegó y quiso proteger la ventaja hasta el descanso. Ese enfoque cortó el impulso. Con el paso de los minutos, Brasil recuperó confianza. En los últimos segundos llegó el golpe inevitable: una cadena de errores de coordinación comenzó con Beckham, que al salir de una acción de Roberto Carlos buscó evitar un impacto en el pie menos hábil. Luego, Roque Junior cedió un pase suelto en el medio y Scholes debió anticipar, pero Kleberson le ganó. La pelota quedó para Ronaldinho, que avanzó con decisión.
Ronaldinho encaró con amagues rápidos, se sacó de encima a Cole con un cambio de dirección y dejó a Campbell desprotegido. Después, asistió para que Rivaldo definiera con un toque a primer palo, un remate que Seaman no llegó a cerrar. Inglaterra, sin proponérselo, abrió una puerta de regreso y, con el gol, se consumió que el plan “B” no existía.
También se menciona que Southgate —en el relato, como referencia al DT sueco y su manejo de vestuario— no habría logrado encender al grupo en el entretiempo. El defensor dejó una frase retrospectiva: “Esperábamos a Winston Churchill y nos tocó Iain Duncan Smith”. El sentido era que el discurso no elevó el nivel.
Eriksson no cambió piezas en el descanso y se mantuvo en su 4-4-2 pragmático. Pero Inglaterra volvió sin urgencia y Brasil pasó a dominar de forma total. En los primeros cinco minutos del segundo tiempo, los brasileños ya estaban arriba.
El gol nació de un tiro libre a unos 42 metros hacia la derecha. En principio no parecía peligroso, pero apenas salió la pelota desde el pie de Ronaldinho, Seaman entró en pánico por la trayectoria. No era un centro alto: era un remate. El arquero inglés calculó mal la curva, la pelota pasó por arriba y terminó entrando en la red interna antes de que pudiera reaccionar con el brazo. Ronaldinho corrió para celebrar con sus compañeros, mientras Seaman alcanzaba la pelota más tarde.
Ronaldinho explicó esa intención aludiendo a que Cafú le había comentado que Seaman juega adelantado y que hay espacio entre él y el arco. Con esa información, buscó sorprenderlo con el objetivo de que el balón pasara por encima. Seaman quedó humillado y el texto señala que Inglaterra perdió la cabeza. Aunque todavía quedaban 40 minutos, Brasil ya había ganado el duelo mental.
Incluso con la expulsión directa de Ronaldinho por una entrada fuerte sobre Mills cerca de la hora, el partido no cambió de ritmo. Brasil siguió llevando la batuta y el equipo inglés, en lugar de encontrar soluciones, terminó apelando a pelotazos largos que fueron fáciles de controlar.
El pitazo final no frenó una última ofensiva brasileña: simplemente liquidó el trámite. Inglaterra salió de la competencia sin consuelo.
Qué deja el 2002 y por qué duele con la actualidad
La nota reconoce que Inglaterra tuvo limitaciones por calor e incluso por lesiones, pero sostiene que el factor decisivo fue la falta de ambición: Eriksson fue demasiado prudente y demasiados nombres dejaron de estar disponibles cuando el partido exigió carácter. El texto insiste en que Brasil no necesitó hacer nada “perfecto”; solo quiso más. Esa diferencia de mentalidad se resume en el gesto de Owen al final del partido: “Brasil es un equipo decente, así que no es tan difícil entender cómo nos dejaron afuera”.
Brasil luego conquistó el título eliminando a Turquía y a una Alemania que no alcanzó el nivel esperado, con tres victorias consecutivas 1-0 para llegar a la final. Inglaterra pudo haber ido más lejos si hubiera pasado a Brasil, pero no “creyó de verdad” en la posibilidad. Ese tema, se remarca, se volvió recurrente con Eriksson, que después también sufrió otras dos eliminaciones en cuartos frente a equipos que serían dirigidos por Scolari: el brasileño pasó a entrenar a Portugal.
En la Euro 2004, Inglaterra desperdició una ventaja temprana ante Portugal en los cuartos y terminó empatando 2-2 tras la prórroga, pero perdió por penales. Dos años más tarde, en el Mundial de Alemania, Scolari repitió el guion: lo mismo volvió a pasar y dejó una herida que Eriksson arrastró mucho tiempo.
En 2018, el sueco cerró su lectura con una frase contundente: “Deberíamos haber llegado a la final. No creo que en ese momento hubiera un equipo mejor. Y todavía no pienso que haya alguno que sea mejor. Ninguno”.
¿Golden Generation desperdiciada? El debate y el rol de la cultura
Durante años se dijo que Eriksson desperdició la “Golden Generation”, pero varios ex jugadores salieron a desmentirlo. El último en hacerlo fue Steven Gerrard, que sostuvo en una entrevista en el podcast “Rio Ferdinand Presents” a comienzos de octubre: “Éramos perdedores egocéntricos. Tenía que ver con la cultura dentro de Inglaterra. No éramos cercanos ni conectados. No éramos un equipo. En ningún momento llegamos a ser realmente un grupo fuerte”.
La problemática de convivencia y mentalidad no se corrigió tras la salida de Eriksson. Steve McClaren, Fabio Capello y Roy Hodgson tampoco lograron revertir esa atmósfera que se describe como tóxica. En ese sentido, Southgate aparece como el primer entrenador que hizo de Inglaterra un “equipo de verdad”: construyó un clima parecido al de club, con foco en química interna y continuidad.
De 2018 a 2024: progreso sin trofeo y un eco del 2002
Aun con avances entre 2018 y 2024, el texto remarca que Inglaterra no logró convertir ese salto en un título. Y, sobre todo, marca similitudes con el Mundial 2002 en los partidos grandes. En 2018, Croacia e Italia remontaron y sacaron a Inglaterra en semifinales y finales europeas, respectivamente. En 2024, en la final de la Eurocopa, los “Three Lions” empataron a España con un gol de Cole Palmer a los 73 minutos, pero volvieron a caer y perdieron 2-1.
La conclusión es directa: sin confianza real, Inglaterra seguirá fallando. Y el golpe de 2002 es especialmente difícil de aceptar porque Eriksson tenía el boleto en la mano: el equipo podía llegar. Para el futuro inmediato, se plantea que el próximo trabajo de Tuchel con un plantel con talento similar debe centrarse en que sus jugadores entiendan que pertenecen a la máxima escena y que suelten las inhibiciones. Solo así, el texto apuesta a que Inglaterra puede finalmente entregar lo que promete su nivel.
