Terry Dunfield recuerda uno de los mejores momentos del año: la llegada de los abonos por correo. Él, su papá y su hermano esperaban con ansiedad esa carta que traía tres talonarios, cada uno con la posibilidad de conseguir una entrada de temporada para el club de su ciudad.

Datos clave

  • Dunfield asocia los abonos con una experiencia que va más allá del fútbol: “es una tarde” y un plan compartido.
  • Los Whitecaps compiten en BC Place, pero el estadio no pertenece al club, lo que vuelve más complejo cualquier cambio.
  • El club está a la venta desde hace casi 18 meses y, en el proceso, se mencionó una propuesta para mudarlos a Las Vegas.
  • En los últimos años, MLS presionó para que cada equipo tenga un estadio propio pensado para el fútbol.
  • La movilización de hinchas creció con fuerza a partir de abril: la campaña #SaveTheCaps reunió apoyo en todo el país.
  • Mientras el debate de destino sigue abierto, el rendimiento deportivo del equipo acompaña: pelean arriba y estuvieron cerca de ganar la MLS Cup en el ciclo anterior.

La amenaza de mudanza y el contexto de una identidad en riesgo

Dunfield, futbolista que defendió al equipo que representó a Vancouver en la etapa inicial de la MLS de los Whitecaps en 2011, se define como de la ciudad “de punta a punta”. Nacido allí, volvió después de un recorrido futbolístico que incluyó etapas a ambos lados del Atlántico. Para él, el lugar siempre fue hogar y, sobre todo, un sitio “siempre” conectado con el fútbol.

Sin embargo, esa continuidad hoy aparece comprometida. La situación de los Whitecaps se mantiene en permanente cambio, pero al momento de la información publicada no existe un acuerdo cerrado para extender su estadía en BC Place. El punto central es que se trata de un escenario que el club no controla, y además el equipo figura en búsqueda de propietarios desde hace cerca de año y medio.

En ese marco, trascendió que un grupo de dueños habría acercado una oferta concreta con la idea de reubicar al plantel en Las Vegas. Se trata de una aspiración que MLS mantiene desde hace tiempo, y que también aparece en el radar de otras grandes ligas deportivas de Estados Unidos.

La incertidumbre pesa especialmente sobre un club que, sin dudas, funciona como una pieza clave para la comunidad y para el ecosistema del fútbol en Norteamérica. El fútbol profesional en Vancouver tiene más de medio siglo de historia. Los Whitecaps fueron de los primeros tres equipos de la NASL. Y alrededor de ese deporte se consolidó una cultura que viene de antes.

En el proceso, las negociaciones sobre propiedad, estadios y acuerdos suelen extenderse y demorarse. Para la gente, igual, el temor es muy concreto: la posibilidad de que un activo comunitario termine marchándose no es una hipótesis lejana.

Jay DeMerit, capitán del plantel entre 2011 y 2014, remarcó el costado cultural del asunto: si se elimina esa identidad, se pierde un elemento que forma parte del relato de la región. En su lectura, lo alarmante es que se contemple esa salida, más aún si el objetivo es mantenerse dentro de la “liga” norteamericana.

MLS, los estadios y el problema financiero de los Whitecaps

La mudanza aparece como un fantasma hace años, incluso como una amenaza que se decía en voz baja. En el fondo, MLS viene insistiendo con que todas sus franquicias cuenten con estadios propios diseñados para el fútbol. El comisionado Don Garber lo planteó de forma explícita en su discurso del State of the League de 2025.

Garber sostuvo que la liga quiere responder a la gente que realmente demanda un equipo de MLS, pero que hay que esperar la reacción de ciudades y provincia. Si no hay respuesta o no se concreta el proyecto, dijo que habrá decisiones difíciles que tomar.

En Vancouver, además, el clima de partido puede ser intenso en BC Place y el equipo incluso marcha entre los primeros cinco puestos del ranking de asistencia en MLS en la temporada en curso. Pero el estadio es multiuso y, más allá de eso, la discusión para los hinchas no pasa únicamente por la estructura del recinto. Hay un componente simbólico: distintas “versiones” del club jugaron en escenarios diferentes durante años. El reclamo actual, en cambio, se centra en el fútbol y en lo que el equipo significa para la gente.

Las protestas, en el fútbol global, suelen tener un patrón conocido: reclamos de ultras, quejas por precios de entradas, críticas a los dueños y silbidos al equipo. La idea de la relocalización, en general, es un concepto más propio de la geografía norteamericana. Y en Vancouver, el caso se vuelve particularmente delicado.

Se trata de una cuestión de planificación patrimonial: los principales accionistas, Greg Kerfoot y Steve Luczo, están en la década de los 60. Pero también es un tema económico. La intención de vender se entiende porque, según la lógica del propio proceso, ya no sería rentable mantener el equipo en funcionamiento. Kerfoot y Luczo compraron la franquicia en 2002 por 30 millones de dólares y, en 2011, abonaron una tasa de expansión de un monto cercano al doble. A su vez, Steve Nash invirtió en el club en 2008.

En paralelo, los reportes indican pérdidas acumuladas cercanas a 400 millones de dólares desde el ingreso a MLS en 2011. Para esta temporada, se proyectan números rojos de hasta 50 millones. Los Whitecaps además aparecen como el último equipo de la liga en ingresos, con una diferencia informada de 40 millones por año frente al promedio de una franquicia de MLS.

Con ese panorama, la salida comercial parece lógica. Pero cualquier comprador necesitaría ofrecer concesiones económicas grandes para quedarse con el club. El grupo actual firmó un memorando de entendimiento vinculado a un nuevo estadio en Hastings Park, aunque con avances limitados.

Para un nuevo dueño, un estadio nuevo o, al menos, un plan muy sólido tiene que quedar asegurado. Durante casi un año, Vancouver recibió ofertas para quedarse con la franquicia bajo distintas modalidades. De acuerdo con el CEO y director deportivo Axel Schuster, ninguna generó un avance serio y las soluciones se muestran escasas. Mientras tanto, MLS sí habría dado un paso: se menciona una oferta concreta de un grupo propietario para mover al equipo a Las Vegas.

La respuesta de los hinchas: #SaveTheCaps, marchas y apoyos

La reacción de la gente apunta, naturalmente, a la protesta. El movimiento #SaveTheCaps empezó con más fuerza en abril, aunque el malestar venía acumulándose desde antes.

Ciaran Nicoll, presidente de la agrupación Vancouver Southsiders, contó que muchas personas esperaban que el tema “se disipara”. Para ellos, la buena noticia es que el respaldo crece desde distintos frentes. Con datos al martes, cerca de 12.000 personas ya habían firmado una petición online para mantener al equipo en Canadá. El valor más fuerte, igual, se ve en lo visual: carteles “Save the Caps” aparecen por todo BC Place. Y además, otros clubes de la liga también se sumaron. El reclamo, en ese sentido, se volvió nacional.

Nicoll admitió que el tema generó un impacto inmediato: lo que querían que ocurriera empezó a pasar en la primera etapa. Él, además, observó que el impulso creció rápido. Una marcha previa al partido de abril convocó a miles de manifestantes, y antes de eso incluso ya recibía pedidos de medios internacionales. Desde entonces, el trabajo se multiplicó: entrevistas, organización y actividad en redes. No obstante, lo definió como un proceso lento, aunque en ese momento se mostró con cautela y optimismo.

El movimiento también tiene antecedentes. Morgan Hughes, quien iba a dejar tareas en una agrupación de hinchas casi una década atrás, terminó siendo arrastrado al foco nacional por el conflicto de Columbus. Allí, el dueño Anthony Precourt buscaba mudar la franquicia a Austin. MLS aceptó la idea de reubicación solo bajo un criterio ligado a que el Crew no había logrado suficiente integración con la comunidad, y Hughes, junto a decenas de miles de personas a nivel global, lideró #SaveTheCrew para que el equipo se quedara en Ohio con un nuevo grupo propietario.

Cuando comenzó la pelea de Vancouver, Hughes estuvo entre las primeras personas a las que recurrieron. “Desde el minuto que arrancó, la gente me etiqueta en todo… es como un ‘señal de emergencia’ con mi cara”, bromeó.

La razón se entiende: Hughes se describe como un activista ruidoso y con postura firme, y ayudó a empujar un movimiento exitoso. Aunque existan diferencias claras entre Columbus y Vancouver —incluida la frontera nacional—, pudo encontrar paralelos evidentes.

Hughes citó la idea de que “la historia no se repite, pero rima” y sostuvo que en 2018 el fútbol norteamericano recibió una lección fuerte. En su lectura, parte del aprendizaje fue que no hay que “meterse” con Columbus. Además, remarcó otro componente: parte del mecanismo extorsivo del deporte profesional en Norteamérica, que incluye conseguir dinero público para emprendimientos privados, puede ser respondido con amenaza y presión.

Hughes y Nicoll conversaron al inicio, y el activista dejó varias recomendaciones. Una de ellas fue entender la evolución del grupo: al principio se comporta como una agrupación de hinchas; con el paso del tiempo, si se abrazan soluciones que exige el problema, se incorporan nuevas personas y deja de ser solo un “grupo de supporters”.

Otro consejo fue vincular el trabajo a objetivos concretos: pintar banderas ayuda al área artística, pero para hablar con líderes locales del mundo empresario hay que dejar la pintura de lado. Nicoll reconoció que esas indicaciones le sirvieron de forma decisiva para mantenerse ágil. Dijo que están frente a gente con poder, pero que esa gente necesita transitar distintos canales de aprobación. En ese contexto, Nicoll puede enviar mensajes, ajustar el rumbo y modificar el relato “de un día para el otro”.

Pero el apoyo más importante, según se remarca en la nota, también vino desde Nordecke, la agrupación de Columbus. Lo hicieron en serio porque entienden la sensación de traición, tristeza y pérdida que se vive en este tipo de conflictos. Collin Hill, director de Comunicaciones de Nordecke, describió ese sentimiento como algo palpable y potente, y señaló que fue lo que inspiró a quienes impulsaron #SaveTheCrew a organizarse.

Vancouver, el fútbol como identidad y el eco político

Vancouver no encaja del todo en el estereotipo fácil de ciudad canadiense de deportes. Aunque los Canucks siguen siendo el centro de su identidad, todavía persiguen su primer Stanley Cup. En básquet, la historia también dejó un sabor de “y si…”. Los Grizzlies llegaron en 1995, atravesaron seis temporadas con derrotas, tuvieron problemas con la asistencia, con las finanzas y con el contexto del dólar canadiense débil. Finalmente se mudaron a Memphis en 2001 tras una aprobación de la NBA.

Sin embargo, ese episodio no fue una cura perfecta: en una encuesta anónima a jugadores de The Athletic, el 35,8% de 120 futbolistas de la NBA dijo que Memphis sería el primer equipo en su lista de “no trade”, el porcentaje más alto de cualquier franquicia. En el fondo, la comparación entre Vancouver y Memphis deja una enseñanza: la “encaje” de un mercado es más complejo de lo que parece. En el básquet, el proyecto fue y volvió; en el fútbol, en cambio, el deporte reapareció y se asentó con más firmeza. Hoy, en Vancouver, hay amor por el fútbol.

DeMerit lo resumió con un argumento cultural: aunque los pilares del fútbol en Estados Unidos se apoyen en negocio, dinero y propiedad, al final el deporte se construye desde la cultura. Si se le quita esa base, el juego sufre.

Nicoll, cuando se mudó a la ciudad, también encontró esa dimensión: el peso de los Whitecaps en Vancouver es comparable al de cualquier equipo de MLS. Dijo que cuesta imaginar un club que signifique más para la ciudad que los Whitecaps.

Para quienes jugaron la liga y también la cubren, el tema se siente como parte del tejido de MLS. Stu Holden —exjugador y comentarista en Fox— sostuvo que hay que ver a Vancouver quedarse en Vancouver. Contó que, al crecer en Escocia, apoyaba a su club local y que eso se transforma en identidad familiar, en historia compartida y en una religión barrial. En su mirada, este fútbol en el país todavía no tiene suficiente historia.

El ruido no se limita a hinchas y jugadores. El alcalde Ken Sim se pronunció el 28 de abril. Señaló que los socios están trabajando para construir una propuesta que refleje la ambición de Vancouver y su región, desde mejoras en el modelo de ingresos de día de partido hasta explorar oportunidades de estadio a largo plazo, y remarcó que los Whitecaps pertenecen a Vancouver.

Incluso Mark Carney, primer ministro, se expresó con claridad. Dijo que no está personalmente involucrado en el caso específico, pero que le gustaría que el equipo se mantenga.

MLS, por su parte, reconoció que desea una solución para que el plantel permanezca, siempre que exista una propiedad sustentable. Lo reafirmó en un comunicado de la semana anterior: indicó que todas las partes se comprometieron a seguir trabajando activamente para mejorar la economía del fútbol en Vancouver y que están alentados por el objetivo compartido.

Aun así, distintos reportes señalaron que este mes se reunió un “comité especial” de dueños para discutir la reubicación. Se consultó a MLS por claridad sobre el proceso más amplio de mudanzas, pero no hubo respuesta al momento de publicación.

Las Vegas como destino: cultura propia, dudas y comparación con otros deportes

Y aparece el escenario alternativo: Las Vegas. En los últimos años se impulsó la idea de llevar grandes equipos a la llamada Ciudad del Pecado. Los Golden Knights entraron a la NHL en 2017; las Aces de la WNBA dejaron San Antonio por el Strip en 2019; los Raiders se fueron de Oakland hacia Las Vegas en 2020; los Athletics mudarán en 2028; y la NBA también comunicó públicamente que la ciudad está bajo consideración para una franquicia de expansión.

En paralelo, ya existe una base futbolera local. Las Vegas Lights se fundó en 2017 y juega en el USL Championship. Aunque tuvieron dificultades para completar asientos, el año pasado promediaron 2.803 espectadores por partido en un estadio con capacidad cercana a 10.000. Además, la asistencia cayó cada año desde 2019.

El club Lights no brindó declaraciones cuando se lo contactó. En el razonamiento hay una lógica: Las Vegas es la quinta ciudad más visitada por turistas internacionales dentro de Estados Unidos, algo que podría beneficiar al fútbol. Aun así, hay quienes cuestionan si el escenario está listo para una franquicia de MLS.

Hughes expresó su escepticismo: no ve a Las Vegas como una comunidad que exija mayoritariamente MLS. Dijo que los fanáticos de deportes son buenos, pero que no había visto una petición con ese perfil, y pidió que si existiera no fuera a costa de una comunidad cool, legítima y valiosa en Vancouver.

DeMerit también se mostró desconfiado, aunque admitió que con el tiempo podría levantarse un proyecto. Señaló que Las Vegas no tiene una cultura futbolera arraigada, por lo que tendría que empezar de cero. En su lectura, se podría construir una identidad propia y hay gente suficiente para llenar estadios, pero el punto de partida sería un lienzo en blanco.

Nicoll, en tanto, insistió en que pocos hinchas de Vancouver seguirían el equipo si cambiara de ciudad. “La gente apoya a sus clubes de distintas maneras y, en gran parte, es por estar ahí, en ese lugar. No creo que haya muchos que hagan eso”, sostuvo.

También se menciona la posibilidad de que actores locales se agrupen para trabajar con la provincia, el gobierno federal, la municipalidad de Vancouver, tres Primeras Naciones y BC Place para encontrar una solución. Cada semana aparecen novedades, pero no se vislumbra un cierre inmediato, mientras la amenaza de Las Vegas sigue encima.

El presente deportivo acompaña, pero la incertidumbre continúa

En la cancha, el equipo atraviesa un momento destacable. El año anterior estuvo a un paso de levantar la MLS Cup. En esta temporada marcha primero en la Conferencia Oeste, incluso sin jugar su mejor fútbol todavía. Varios jugadores también dejaron en claro su deseo de que el club permanezca.

Brian White, delantero, comentó después de un partido con el estadio lleno a fines de abril que el crecimiento de la hinchada —con 27.000 personas en las tribunas— demuestra lo que el club significa para la ciudad y para la gente.

Para Dunfield, que cada año esperaba la carta en el buzón, parece imposible que el club termine yéndose. Y la noticia positiva es que hay decenas de miles de personas que sienten lo mismo.

Nicoll, al cerrar, se mostró prudente pero firme: su corazón le dice que al final no va a pasar.

Por Miguel Herrera

Miguel Herrera es periodista deportivo especializado en la actualidad del fútbol argentino e internacional. Cubre el día a día de la Liga Profesional, los torneos de la CONMEBOL y el mercado de pases con un enfoque ágil y preciso. Sus notas combinan información de último momento con análisis claro y directo para el hincha.